Etiqueta: Germán Castro

  • Descifrar cifras

    Descifrar cifras

    6 ramalazos estadísticos:

    • Segundo trimestre de 2023: con cifras desestacionalizadas, el PIB aumentó 0.9% respecto al trimestre previo. Así, a tasa anual, el PIB de México creció 3.6% en términos reales.
    • En la primera quincena de julio, la inflación general anual en el país descendió, para ubicarse en 4.79% 
    • La ENIGH 2022 muestra que el ingreso corriente promedio de todos los hogares de México, de julio de 2018 a julio de 2022, aumentó 4.6%. En el mismo lapso, el incremento en el decil de los hogares más pobres fue mucho mayor: 19.9%
    • Entre 2021 y 2022, en México se registró una disminución de 10% en los homicidios dolosos. 
    • Hoy hay 21’885,139 de trabajadores registrados en el IMSS.
    • Tasa de desocupación en junio pasado: 2.7% de la PEA.

    ¿Qué te dicen esas cifras? ¿Te ayudan a tener una idea más clara de la realidad? Porque hay que aceptarlo, las estadísticas son parte de la confusión en la que vivimos, no por carencia de información, sino, al contrario, por sobrecarga informativa.

    Watzlawick define la confusión como la antítesis de la comunicación. Un proceso comunicacional bien logrado consiste en una correcta transmisión de información, de tal modo que se logra el efecto deseado sobre el receptor. La confusión es lo opuesto: el efecto de una mala comunicación, la cual puede dejar al receptor en la inopia o en un estado de incertidumbre o de falsa comprensión. El trastorno puede ir desde la simple perplejidad hasta estados de angustia, porque los humanos, como el resto de los seres vivos, dependemos del medio ambiente, dependencia que no se limita a las necesidades de nutrición, sino que incluye también las de intercambio de información. Necesitamos datos para saber en dónde estamos parados, pero, al igual que ocurre con los nutrientes, también podemos vivir sufriendo indigestión informativa.

    Día a día estamos bajo una tormenta de estadísticas. Es muy difícil cerrarse y no atender, así que, de entrada, más vale recordar que para poder enterarnos de cualquier cosa es imprescindible activar nuestro pensamiento crítico: no consumir pasivamente… Para evitar que nuestro pensamiento se mantenga anegado de cifras y más cifras, Tim Harford da tres consejos para filtrar el ruido cuando se trata de estadísticas, de tal suerte que podamos aprovecharlas para mejorar nuestra comprensión del mundo.

    • Calma. Los datos suelen venir embarullados con un montón de emociones, sobre todo considerando que quienes los divulgan lo hacen con un determinado tono de voz o acompañados de cierta iconografía o empleando algunos colores que, por sí mismos, espolean tales o cuales sentimientos. Sentir emociones no es malo, pero no ayuda a pensar con claridad. Evalúa tu reacción inmediata frente a un dato, respira, toma un momento y luego trata de digerirlo. Ni el enojo ni la euforia facilitan la comprensión… Las estadísticas son grandes abstracciones y así hay que entenderlas: por ejemplo, seguramente al familiar de una persona asesinada hace poco le será imposible leer una disminución del 10% en los homicidios como una buena noticia…, aunque lo sea. 
    • Contexto. Fuera de su marco espacio-temporal es imposible comprender un dato estadístico. Por supuesto, también se requiere la noción de la nomenclatura con que se expresa una estadística. No basta saber que PIB son las siglas de Producto Interno Bruto; hay que saber que el PIB es la suma del valor de todos los bienes y servicios de uso final que genera un país durante un período. Tu comprensión se enriquecerá en la medida de que dispongas de otros datos que permitan comparar. Para aquilatar el 3.6% que el PIB de México reportó a tasa anual en el primer semestre de 2023, vale recordar que en febrero pasado la OCDE estimaba que creceríamos sólo 1.6% y el Banco Mundial un escuálido 0.9%. Entre más contexto, mejor: hace unos días el FMI publicó sus estimaciones ajustadas; el organismo considera que el PIB de Alemania no crecerá en 2023, sino que decrecerá –0.3%, en tanto que el de EU logrará un avance de apenas 1.8% y el de Japón de 1.4% Y en cuanto al dato de trabajadores registrados al IMSS, conviene saber que hoy son 1.27 millones más que en febrero de 2022, y 1.42 millones más que en octubre de 2018.
    • Curiosidad. El conocimiento y la curiosidad siempre se han llevado bien, y la capacidad de formular preguntas convenientes suele terminar por vigorizar nuestro entendimiento. Por ejemplo, ¿cómo se está comportando la inflación en EU, en Europa o en otros países latinoamericanos? O ¿cuántas quincenas consecutivas lleva en descenso la inflación en México? Cuestiona e indaga, no te quedes con la información que, quieras o no, recibes; averigua para comprender mejor lo que te interesa. Quizá ayude comparar el 2.7% de desempleo en México respecto a lo que ocurre en España (11.6%), en Chile (8.5%) o en Canadá (5.4%).

    No podemos esperar que toda la gente se haga experta en el uso y comprensión de estadísticas. Los grados de perspicacia siempre van a variar. Sin embargo, el problema es que prácticamente todos y todas estamos sometidos a un bombardeo inclemente de datos y cifras. Es común oír que los números no mienten. Efectivamente, los números no mienten…, pero tampoco dicen la verdad, de hecho, no dicen nada porque los números no hablan. Quienes hablan son las personas que los interpretan, y ahí sí que puede haber intención de timo. Así que, si bien no se trata de conseguir que todos seamos especialistas en Estadística, sí que conviene que la mayoría tengamos algunas herramientas mínimas para descifrar tanta cifra y, así, los números no la confundan.

    • @gcastroibarra
  • Miserable

    Miserable

    Un día después de que el INEGI diera a conocer los resultados de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos en los Hogares 2022 (ENIGH 2022), el director editorial de El Financiero, Enrique Quintana, tuvo a bien titular su columna “Nada que celebrar con AMLO”. Sin exagerar, la ENIGH provee una inmensidad de datos que permiten analizar la profundidad del cambio que de diciembre de 2018 a la fecha está experimentando México en materia de políticas públicas y modelo de desarrollo, y si bien el análisis detallado requiere tiempo, abundan las buenas noticias evidentes. Adelanto que, a diferencia de lo que escribe el columnista Enrique Quintana, yo sí encuentro mucho que celebrar. Enseguida, van algunos botones de muestra:

    • En 2022, el promedio del ingreso corriente trimestral por hogar aumentó 11% respecto a 2020 y 4.6% con relación a 2018. ¿Poco o mucho? Recordemos el gran contexto para entender que, después de la crisis económica global provocada por la pandemia de covid-19, la más grave en un siglo, en México la gente recuperó su nivel de ingreso.
    • Considerando a todos los hogares del país, desde el más pobre hasta el más acaudalado, el gasto corriente monetario promedio trimestral por hogar fue de 39,965 pesos en 2022, 17.2%, 2.1% y 4.0% más que en 2020, 2018 y 2016, respectivamente.
    • Entre julio de 2018 y julio de 2022, el ingreso por trabajo de los hogares más pobres se incrementó en promedio 29% en términos reales. Y, claro, en donde dice “el ingreso por trabajo de los hogares más pobres” bien podría decir “el ingreso del proletariado más explotado”.
    • El coeficiente de Gini, el cual se usa para apreciar la desigualdad —cuando el valor se acerca a 1 indica una mayor concentración del ingreso; en cambio, cuando el valor del Gini se acerca a 0, la concentración es menor— pasó de 0.499 en 2016, a 0.460 en 2022. O sea: disminuye la desigualdad.
    • Por programas sociales, de 2018 a 2022 hubo un aumento real de 24% para el 10% más pobre de los hogares mexicanos.
    • En salarios, de 2018 a 2022, el aumento para el 10% más pobre fue de 41% real.
    • En 2022, los hogares con más ingresos percibieron 15 veces más que los hogares con los menos ingresos, lo cual muestra una espantosa desigualdad. Pero, la brecha se estrechó considerablemente en muy poco tiempo: en 2016 la diferencia era de 21 a 1.

    En su newsletter del jueves 27, muy temprano El Financiero promocionaba la lectura del texto de Enrique Quintana, con el siguiente adelanto: “Hay resultados positivos de las políticas sociales sobre el ingreso y la desigualdad. Pero, nada espectacular. No hay un cambio cualitativo en México”. El clásico “sí pero no”, y la reiterada postura miserable de la reacción conservadora. Y reitero, miserable, y en todos los sentidos…

    En principio, hay que lamentarse: ¡qué miserable, pobre señor Quintana! —el adjetivo miserable tiene su origen en el latín miserabĭlis que significa “digno de compasión”, “lamentable”—.

    Ahora, la RAE en su diccionario alude cinco acepciones para el vocablo miserable:

    • adj. Ruin o canalla. Apl. a pers., u. t. c. s. Y ni dudarlo: el ataque del editorialista es ruin en el sentido de pequeño y desmedrado. Querer tapar el Sol con un dedo es una estratagema miserable.
    • adj. Extremadamente tacaño. Apl. a pers., u. t. c. s. ¿“Nada espectacular”? Un juicio miserable, en tanto mezquino: falto de generosidad y nobleza de espíritu. Los resultados que testimonia la ENIGH muestran un cambio de tendencia —el empobrecimiento de los más pobres— y un avance en la nueva dirección —los pobres ganan 20.4% más que en 2016—, si eso no le resulta espectacular al señor Quintana es porque el cambio no le complace. 
    • adj. Extremadamente pobre. Apl. a pers., u. t. c. s. En efecto: el texto es miserable por escaso de recursos. Por ejemplo, Quintana increpa: “Las brechas persisten.” ¡Uy, qué mal López Obrador, no solucionó en cinco años la injusticia social favorecida durante al menos cinco siglos de capitalismo!
    • adj. Dicho de una cosa: Insignificante o sin importancia. ¿A cuánta gente podrá convencer el señor Quintana de que las cosas no están mejorando en México? ¿Tendrá algún impacto su lamentación en lo que percibe la ciudadanía, la famosísima gente de a pie?
    • adj. Desdichado, abatido o infeliz. U. t. c. s. Pues sí, miserablemente, como casi cualquier conserva, el señor sigue apabullado por la realidad; ni modo, qué desdicha la suya.
    • @gcastroibarra
  • Verdades mentirosas

    Verdades mentirosas

    Ni siquiera es necesario no decir la verdad para engañar a la gente. Ni siquiera es necesario urdir mentiras para ocultar la verdad y confundir a las personas. Muchas veces basta con divulgar un dato aislado, sin contexto, para dejar que una idea equivocada se propague, a pesar de que dicho dato sea cierto. De manera sistemática y escandalosamente pronunciada a partir de diciembre de 2018, tal es el pan nuestro de cada día en la mayor parte de los medios tradicionales de este país. 

    Este miércoles en la mañana, en su edición en línea, el periódico El Economista publicó una nota con la siguiente cabeza: “6 de cada 10 mexicanos consideran inseguras sus ciudades; Fresnillo y Zacatecas son las más peligrosas”. ¡Qué horror!, podrá pensar a botepronto quien mire a vuelo de pájaro este titular, ¡más de la mitad de la gente en México vive insegura! Bueno, ¿es eso verdad o mentira? Analicemos, pero adelanto la respuesta: la primera afirmación es una verdad a medias, la segunda es una falacia. Veamos…

    La nota está confeccionada a partir del boletín de prensa que ese mismo día muy temprano emitió el INEGI dando a conocer los resultados de su Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), correspondiente al segundo trimestre de 2023. En el cuerpo del comunicado institucional se lee: “En junio de 2023, 62.3% de la población de 18 años y más, residente en 75 ciudades de interés, consideró que es inseguro vivir en su ciudad”. Entonces, no son todos los mexicanos, son sólo los y las mayores de edad, y solamente los que viven en alguna de las 75 ciudades aludidas, sin duda las más importantes del país, pero no todas —hablamos de que la muestra representa a unos 44.5 millones de habitantes, poco más de 35% del total nacional—. En cuanto a la segunda parte del encabezado, los resultados de la ENSU muestran, en efecto, que las ciudades con mayor porcentaje de población de 18 años y más que se siente insegura fueron Fresnillo (92.8%) y Zacatecas (91.7%), pero eso no puede traducirse en que sean “las más peligrosas”; de hecho, en el boletín del INEGI no aparecen ni una sola vez las palabras peligroso o peligrosa o peligrosidad, sencillamente porque la ENSU no mide ese fenómeno, sino “la percepción de la población sobre la seguridad pública en su ciudad”.

    Ahora, lo que no muestran ni el titular ni la nota de El Economista son los datos de contexto necesarios para entender que los resultados más recientes de la ENSU confirman que la percepción de inseguridad en México va a la baja. El INEGI señala que mientras que el 62.3% reportado en junio “no representa un cambio estadísticamente significativo con relación al porcentaje registrado en marzo de 2023 (62.1%)”, sí que se presenta como una disminución importante respecto al 67.4% que el mismo instrumento arrojaba para el mismo mes de 2022. Pero hay más: qué distinta panorámica de la situación tendríamos si comparamos el 62.3% de junio pasado frente a los niveles cercanos al 80% que se alcanzaron en las postrimerías del sexenio de Peña Nieto: 76.8% en marzo de 2018. Peor, la nota cierra con un párrafo que evidente tiene el propósito de encubrir la realidad con un manto de verdades parciales: “Aunque en este trimestre se registró un ligero incremento en la percepción de inseguridad promedio [¿“ligero”?…, no, más bien estadísticamente despreciable, como el propio INEGI señala), los niveles todavía [¿por qué todavía?, ¿por qué se sugiere que se va a incrementar, con qué bases?] se mantienen por debajo de los máximos históricos registrados entre 2017 y 2018 [¿y por qué no enuncian esos máximos históricos, por qué no muestran qué tan mal estábamos entonces y, por tanto, lo mucho que durante el sexenio de AMLO se ha avanzado?].

    Porque de que se ha avanzado en el problema de la inseguridad, se ha avanzado, y hay datos duros para probarlo. Por la misma ENSU, por ejemplo, podemos saber que, más allá de la percepción de seguridad pública que reporta la población —usted puede sentir toda la inseguridad del mundo en una situación en la que no corra realmente ningún riesgo, y nada impide que pueda declarar que se siente perfectamente seguro minutos antes de que lo asalten—, hay un cambio significativo en los hechos. Durante el primer semestre de 2023, 27% de los hogares en zonas urbanas tuvo algún integrante que fue víctima de al menos un delito de robo total o parcial de vehículo, robo en casa habitación, robo o asalto en calle o transporte público (incluye robo en banco o cajero automático), robo en forma distinta a las anteriores o extorsión. Bueno, este mismo indicador en el primer semestre de 2018 era de 38.6%, una reducción de más de diez puntos porcentuales.

    Pero la enorme mayoría de los medios ni se adentra en el análisis serio de los datos ni quiere hacerlo. Así que buena parte de la gente vive bombardeada por los mensajes de los medios de manipulación masiva que llevan ya varias semanas tratando de hacernos creer que el país está en llamas… Y, cuidado, si en las páginas de los periódicos cunden las verdades mentirosas, en la televisión y la radio se espetan cualquier cantidad de mentiras encubiertas. Un botón de muestra y termino. El miércoles también, en su programa de W Radio, Enrique Hernández Alcázar arrancó la nota sobre los resultados de la ENSU vociferando: “¡Seis de cada diez mexicanos viven inseguros en donde viven” Y no, ¿verdad? Y ya en el drama, pues por su voz y su micrófono pudimos oír lo que dice la gente, oh, médium de las mayorías: “¿Qué dice la gente? ¡No manches!, más de la mitad de los mexicanos estamos inseguros en el lugar en donde vivimos… ¿Qué va a pasar? ¿Qué vamos a hacer?”

    William Blake escribió un poema, Auguries of Innocence, en el que sabiamente nos alerta: A truth that’s told with bad intent / Beats all the lies you can invent. Una verdad que se dice con malas intenciones / Supera todas las mentiras que puedas inventar.

    • @gcastroibarra
  • Wanabinismo: tartufismo e ignorancia

    Wanabinismo: tartufismo e ignorancia

    Acabo de ver un trabajo de Hernán Gómez. Se trata de un video que muestra unas entrevistas que hizo a algunos ciudadanos —mujeres y hombres; no todos, pero la mayoría jóvenes—. Las entrevistas se realizaron en tres sitios/momentos, aquí en la Ciudad de México: un domingo en el hipódromo, en avenida Reforma durante la marcha LGTBQ+ y en Iztapalapa durante un mitin de Clara Brugada. Fueron dos cuestionamientos y evidentemente Gómez lo hace con el afán de correlacionarlos. Primero, pregunta si el entrevistado se considera obradorista o antiobradorista, usando esos términos o a veces si le gusta o no le gusta el presidente. En segundo lugar, pregunta al entrevistado quién prefiere que llegue a la Presidencia, Claudia o Marcelo —casi siempre, sólo esas dos opciones—. El video comienza destacando un testimonio, el de una joven que dice ser norteña y quien inicialmente se niega a contestar a quién prefiere, porque, afirma:

    — Noooo, weeeey, no creo ni en la política ni en la gente —palabras contundentes, aunque redundantes, porque, tristemente, en efecto, en última instancia quien no cree en la política no cree en la gente.

    Enseguida, las entrevistas. Entre los asistentes al hipódromo —“un sector socioeconómico alto, fifí, y también bastante wanafifí”, según el propio Gómez—, en pocas palabras, uno atestigua a) una fuerte antipatía hacia Andrés Manuel López Obrador; b) una predilección por Marcelo Ebrard, y c) una descomunal ignorancia y una patética falta de argumentos. En las entrevistas que hizo en la marcha “del sector sexualmente diverso de la población”, se repite la liga: los antiobradoristas prefieren a Marcelo y aparecen los y las obradoristas que apoyan a Claudia Sheinbaum. También aparece aquí otro par de mancuernas evidentes: ignorancia antiobradorista y proobradorismo informado. En tercer lugar, entre los morenistas de Iztapalapa, aunque también presenta a un joven que se inclina a favor de Marcelo, la gran mayoría apoya efusivamente a Claudia.

    — No, pues si aquí fuera la encuesta, ya estuvo que ganó Claudia, eh —editorializa Gómez.

    Siguen algunas entrevistas en el Hipódromo: ¡sorpresa!, algunos se declaran obradoristas… y en todos los casos ebrardistas.

    — Creo que va más con mis political belives… ¿Cómo se llama? —expresa una jovencita que olvida el español, quizá pupila de la doctora Dresser.

    Después, otra vez en la marcha LGTB: más antiobradoristas en favor de Marcelo. Mucha papa en la boca, mucho lente oscuro… De regreso a Iztapalapa: más obradoristas que quieren a Claudia. Mucha gente que se dice o incluso se ve de bajos recursos. Luego entrevista a Facundo, el personaje televisivo, que se inclina por Claudia —ojo: no se sabe si se declaró o no obradorista o antiobradorista—; tres entrevistas en las que se critica a Marcelo —críticas informadas, por cierto—; una chava que le concede a Gómez ser anarquista y se inclina por Claudia… El video termina con una chispa de color: un muchacho afirma que le gusta más Claudia…

    — ¿Por qué?

    — Porque me gusta más ese nombre.

    No es necesario mucho análisis para darse cuenta de que el video de Hernán impulsa decididamente a una corcholata y afecta a otras —más que a Marcelo, a Adán Augusto, a quien sólo menciona una vez—. Y si bien no sabemos qué tan representativa es la edición final respecto a todo lo que halló en la calle y mucho menos qué tan representativos serían los grupos elegidos de la ciudadanía en su conjunto, las entrevistas que se presentan sí que tienen una fuerte carga de verosimilitud. En concreto, los personajes antiobradoristas despliegan sin ambages un perfil de tartufismo e ignorancia que suele aparejarse a cierto conjunto social. 

    A lo largo de su conversación más reciente con R. J. Eskow —The Zero Hour—Richard Wolff disertó en torno al consumismo, el fetichismo y en general acerca de lo que Marx llamaba el opio de las masas. La sencilla explicación con que Wolff pertrecha a quienes atiendan su alocución resulta invaluable, tanto en lo que respecta a los mecanismos perversos del consumismo como acerca de la manera fetichista en la que tratamos a las mercancías y en general a esa pantagruélica abstracción que denominamos el mercado. En un momento dado, cuando hablaban sobre lo difícil que resulta espabilar a la gente del embrujo en el que la mayoría vive debido a las triquiñuelas de la publicidad y, en general, de la maquinaria superestructural, el profesor Wolff trajo a cuento una anécdota que, estarán de acuerdo, es un garbanzo de a libra, una perla de conocimiento:

    Recuerdo que una vez fui a una iglesia afroamericana en New Haven, Connecticut, y una mujer, una pastora, ofreció el sermón. Y comenzó diciendo: “Muchos de ustedes dividen el mundo entre los que tienen y los que no tienen, pero quiero que sepan, dijo, que el mayor problema no es con los que tienen ni con los que no tienen, sino con la gente a la que deberíamos llamar los que creen que tienen.”

    Los que creen que tienen, los que se desviven por aparentarlo, en principio ante sí mismos… También los conocemos como los wanabi, las turbas que, sin ni el menor rescoldo de conciencia de clase, suelen repetir acríticamente las consignas de la ideología dominante y así bregan en contra de los suyos y de sí mismas. Los pobres son pobres porque no le echan ganas, los pobres pueden salir de pobres si generamos más riqueza para los ricos, no hay que de darles pescados a los pobres sino enseñarlos a pescar, etcétera, etcétera, etcétera…

    El wanabinismo clasemediero chilango fue bien retratado.

  • Tepocatas, chachalacas y el presidente EVP

    Tepocatas, chachalacas y el presidente EVP

    Hace 20 años, comenzó a circular en librerías La silla del águila. Nos encontrábamos a mitad del sexenio de Vicente Fox. Para entonces, a paso veloz y calzado en botas de charol, el optimismo democrático menguaba. El 1° de febrero de 2003, el mes en el que la editorial Alfaguara publicó la aludida novela de Carlos Fuentes, los obispos de la región occidental del país, cuna del movimiento cristero, habían declarado que tras las elecciones de 2000 “se han venido acumulando preocupantes desencantos que parecieran haber transformado el triunfo de la democracia en fracaso”.

    Un par de días atrás, el Barzón y el Congreso Agrario Permanente, durante una megamarcha en la que habían participado más de cien mil campesinos, habían lanzado un ultimátum: “El presidente Fox está ante la última oportunidad para demostrar que realmente tiene interés por resolver los problemas del campo mexicano…”. Para acabarla, la iniciativa privada tampoco aplaudía al exgerente de la Coca-Cola, al contrario: la Canacintra reclamaba que Fox había ya perdido tres años “sin haber diseñado políticas de Estado para impulsar el desarrollo nacional y abatir la miseria”. Ni lo hizo ni lo haría.

    Muy pronto el primer gobierno emanado del PAN, que había llegado al poder camuflajeado como opositor al PRI, mostraba escandalosas evidencias de que la alternancia de partidos no había significado alternancia democrática alguna. Y muy pronto también fue claro que el poder público seguía en manos de los mismos poderes fácticos. El día 3 de febrero, La Jornada colocaba en su portada un par de fotos de dos señoras besuqueándose muy contentas: Marta Sahagún, entonces presidenta de la Fundación Vamos México y esposa del presidente, y Elba Esther Gordillo, secretaria general del PRI y “líder moral” del sindicato magisterial. La continuación la sufrimos todos: las chachalacas no resultaron menos perniciosas que las tepocatas y las víboras prietas.

    En La silla del águila, Fuentes imagina un porvenir atroz. Los hechos ocurren en el año 2020, un punto en el tiempo que para nosotros ya es pasado, pero que entonces distaba 17 años en el futuro. El escenario que pinta el novelista es horroroso: el PRI había regresado al poder. Hoy sabemos que Fuentes se equivocó un sexenio, porque el tricolor efectivamente volvió a Los Pinos, con apoyo del PAN, en 2012. Sin embargo, el desbarajuste en que dejó a al país el prianismo neoliberal no le pide nada a la caótica situación que el escritor proyecta. En la novela, el presidente de la República, Lorenzo Terán, nomás no da pie con bola. Las cosas están color de hormiga, y según el secretario de Gobernación, Bernal Herrera, los tres problemas más urgentes de “atender con celeridad y buen juicio” son tres huelgas:

    … la de los estudiantes que se niegan a pagar matrícula o a pasar exámenes de admisión en las universidades públicas y que en protesta están ocupando las instalaciones de la Ciudad Universitaria. Segundo, la de los trabajadores en la fábrica de inversión japonesa mayoritaria en San Luis Potosí. Y tercero, la marcha de los campesinos de La Laguna pidiendo restitución de las tierras que les dio la reforma agraria del presidente Cárdenas, y que, poco a poco, les han sido arrebatadas por caciques corruptos del norte de México.

    Al leer esto, a cualquier persona honesta y medianamente enterada le resultará evidente lo lejanos que, afortunadamente, nos encontramos hoy de aquello. Hace apenas unos días, mi buen amigo Manuel Campos, después comentar algunos extractos de La silla del águila decía: “¡Qué lejos se me hizo ese 2003!” Por supuesto, concuerdo con él: es impresionante, en apenas cinco años de la 4T hemos sido catapultados en el tiempo. Hacer historia es dejar el pasado realmente en el pasado.

    Por lo demás, Lorenzo Terán, el presidente de México en 2020 en la ficción de Carlos Fuentes, es en muchos sentidos la antípoda de Andrés Manuel. El señor que en la realidad ocupa la Presidencia de nuestro país desde 2018 no sólo no es priísta —y significativamente, uno de los más injustos y groseros improperios que los prianistas espetan a AMLO es ese, priísta—, además es justo el actor político opuesto al personaje de la novela. En una misiva, Xavier Zaragoza Séneca le cuenta al presidente Terán: “usted es percibido como un hombre un poco abúlico. No se le ve hacer. Se le ve dejando hacer”. Difícil hallar una descripción tan opuesta a AMLO, un hombre de la tercera edad, con una condición de salud con varios focos rojos encendidos, y sin embargo el presidente de más enjundioso, voluntarioso y pertinaz que el México moderno ha tendido.

    Y más vale:

    • Enjundioso: que tiene mucha enjundia, esto es, fuerza, vigor, arrestos.
    • Voluntarioso: deseoso, que hace con voluntad y gusto algo.
    • Pertinaz: obstinado, terco o muy tenaz en su dictamen o resolución.
    • @gcastroibarra
  • Las palabras y el Peje: política

    Las palabras y el Peje: política

    Hasta hace unos cuantos años, en este país la política, que era lo mismo que la polaca, era una ocupación que se hallaba en las antípodas de cualquier actividad virtuosa. El axioma ideológico de cualquier político mínimamente experimentado cabía en seis palabras: el que no transa no avanza. Hacer política no era en lo absoluto impulsar acuerdos en favor del bien común, era grillar en beneficio personal. Hasta hace muy poco, en México, para la enorme mayoría de la gente referirse a alguien como “un político” era prácticamente una expresión peyorativa.

    Político y ratero eran casi casi sinónimos. Un político era un señor —las mujeres dedicadas a la política escaseaban y muchas de las pocas de las que le entraban presumían fama de machas— especialmente habilidoso para los enjuagues y el agandalle, lambiscón con los de arriba y aprovechado con los de abajo, inescrupuloso e improductivo, deshonesto, rollero y mentiroso. Así como confiar en un político era cosa de locos, el gobierno no pasaba de ser un mal necesario. A lo largo de toda la segunda mitad del siglo pasado, el XX, político y priísta eran vocablos equivalentes. Con todo el olmo podrido, apareció supuestamente una perita en dulce: con la promesa de “sacar al PRI de Los Pinos”, echando pestes de los políticos, llegó un político panista a la Presidencia de la República.

    En 2009, a medio sexenio del espuriato, el segundo gobierno dizque panista, yo narraba:  Así como la más perversa de las mentiras del diablo es hacernos creer que no existe, la más trampera de las chapuzas del priísmo histórico ha sido promover la ilusión colectiva de que su forma de hacer política, la grilla, fue democráticamente sepultada el siglo pasado. Quesque desde el 2000 entramos francotes a la “normalidad democrática”, según el eufemismo acuñado por Zedillo. Quesque el país de los polacos mexicas quedó atrás. Si en enero de 1994 los neozapatistas boicotearon desde algún lugar de los Altos de Chiapas la flamante entrada de México al Primer Mundo, llegamos al siglo XXI con la creencia voceada por una lengua viperina y trepada en botas de charol de que, nomás sacando al PRI de Los Pinos, todos los males nacionales, empezando por los políticos, serían superados. Claro, no fue así, al contrario, a la corrupción sistemática se sumó la banalización y la crueldad, y el priísmo encapullado en una urna electoral salió disfrazado de la mariposa de la alternancia, un bicho exótico y prometedor al que en un santiamén se le cayeron las alitas de utilería para resultar una tepocata más fea y perniciosa: el prianismo neoliberal. 

    Para el priísmo histórico y para el prianismo contemporáneo, “la política es la actuación pública de pasiones privadas”, como atinadísima y cínicamente define María del Rosario Galván, personaje de La silla del águila, la novela que Carlos Fuentes publicó en 2003. Por cierto, ese era el título del libro que, siendo candidato del PRI, en la FIL de 2011 Peña Nieto jamás pudo recordar —bueno, ni de ese ni de ningún otro—. Al año siguiente, sorpresivamente, murió el vital novelista (15/V) y el mortecino PRI regresó a Los Pinos (1/XII), solamente para retomar con más enjundia que nunca sus antañonas mañas, muy especialmente la práctica sistemática de la corrupción. Peña — “un hombre de muy escasos recursos intelectuales y políticos”, Fuentes dixit— resultó tan proclive a regarla como a ser cachado en la maroma, así que desde mediados de su sexenio se convirtió en “el payaso de las cachetadas” —AMLO dixit—, incluso para los poderes fácticos que lo llevaron al poder.

    Sin margen de movimiento, sin recursos políticos ni intelectuales, sin vergüenza, no encontró mejor defensa que declarar (IX/2016) que nadie podía acusar a nadie de corrupto porque todos éramos iguales: “Porque este tema…, la corrupción, lo está en todos los órdenes de la sociedad y en todos los ámbitos. No hay alguien que pueda atreverse a arrojar la primera piedra, todos están, han sido parte…” Es decir, que todos, usted, y también toda su familia, sus vecinos, sus compañeros de trabajo, el poli de la esquina y de ahí para arriba, los altos mandos castrenses y de ahí para abajo, las maestras de sus hijos, todos sus clientes y proveedores, su médico, el tendero, los asalariados y los acaudalados, su pareja, el más sabio de sus mentores, la señora más viejita de su casa y los niños…, todos, todas somos una bola de corruptos. El primer mandatario igualó priístas a mexicanos, y dijo que todos éramos como esos políticos.

    Afortunadamente un lenguaje no es una cosa, un lenguaje es un proceso. Un lenguaje es vulnerable a los actos comunicativos de todas y cada una de las personas que lo hablan: unos más, otros menos, todos incidimos en la constante remodelación del sentido de las palabras. Andrés Manuel López Obrador, incluso desde mucho antes de diciembre de 2018, ha incidido contundentemente en la redefinición de nuestro lenguaje, particularmente del lenguaje que usamos para tratar los asuntos públicos. Su esfuerzo por reestablecer el contenido semántico de la palabra política ha sido notorio.

    La política, ha insistido, no es un algo malo, sino algo bueno, un “noble oficio”. Por ejemplo, a finales de 2021 sostuvo: “Ya no es el tiempo de antes, de que para hacer política se tenía que quedar bien con los de arriba, andar ahí con los mayores y aprendiendo, y ni siquiera cosas buenas, sino mañas. Hay que tener los pies en la tierra siempre y hablar con la gente, y ser muy respetuosos con la gente y tenerle amor al pueblo. El que no le tiene amor al pueblo que no se dedique a la política…”

    Nuestro lenguaje es el instrumento principal con el que contamos para ponernos de acuerdo. Al mismo tiempo, el lenguaje es la expresión más fiel de lo que somos: redefinir lo que entendemos por política, lo que entendemos por político, es en última instancia redefinir nuestra sociedad, redefinir el acuerdo por el cual nos agrupamos. El legado del Peje es ya invaluable: simple y llanamente revitalizó nuestra viabilidad simbólica como organización socio-política.

    @gcastroibarra

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    En menos de tres meses sabremos quién será la persona que aparecerá en la boleta electoral como la aspirante de Morena a la Presidencia de la República para el sexenio 2024-2030.

    Mientras tanto, la verdadera disputa que se está dando entre los conservas tiene por objetivo determinar quién es su peor candidato o candidata…, ¡y no está fácil, la lucha está mucho muy pareja! Su abanico de opciones incluye sinvergüenzas e impresentables desvergonzados, groguis, cuetes quemados que jamás han tronado, avejentados juniors de la rancia aristocracia priísta, profesionales del argüende, malos comediantes e histrionisas. Y si bien no es noticia que desde hace mucho el conservadurismo mexicano le perdió totalmente el miedo al ridículo, hace unos días lograron lo que ya parecía imposible: ser más grotescos. Y lo hicieron como nos tienen acostumbrados: en nado sincronizado.

    Pensando —es un decir— en la candidatura presidencial del muégano PRIANrd, ahora los jilguerillos de la derecha andan cantando en donde pueden que, una señora que jura que fue trotskista es su mejor opción. Aluden como gran virtud política de la señalada que de joven vendió gelatinas. No sé si Enrique Krauze ya también sacó su matraca o no tarda en decir que, si Gran Bretaña tuvo en Margaret Thatcher a su Dama de Hierro, México tendrá en la señora Xóchitl Gálvez a su Doña del Yerro, pero el que sí ya declaró —en Latinus, but of course— fue Héctor Aguilar Camín. Loret de Mola preguntó: “¿Hay tiro para el 24?” A botepronto, el jefe del grupo Nexos respondió: “¡Sin duda!”, aunque también luego luego tuvo que condicionarse solito: que dependerá de que la oposición postule a “un candidato o una candidata que jale”. Ya encaminado, Loret pidió nombres y, cosa admirable, sin que le ganara la risa, el novelista campechano, muy ídem, dijo: “Xóchitl Gálvez es la que está activa y viva. Tiene unas enormes ventajas: es una candidata a la que no le pueden decir fifí…” Seguramente el también historiador-empresario no se dio cuenta, pero de paso les dijo fifís a todos los demás aspirantes de la derecha, fifís e inactivos y no vivos, es decir, muertos. Enseguida se fueron sumando otros, como si la comanda hubiera sido girada por el mismísimo señorito X. Por ejemplo, en Milenio, Agustín Basave en su columna sucintamente titulada Xóchitl afirma que la hidalguense afecta a las botargas es “la mejor carta en la baraja visible de la alianza opositora”. Con todo, quien mejor muestra la situación de la señora Gálvez, una panista que jura que no es panista, fue un tal Marietto Ponce, quien tuiteó un afiche que da para un montón de tesis en varios campos —ciencia política, diseño, psiquiatría, sociopatía, sociología, en fin…—.  ¿Les gustaría una presidenta así o prefieren una pinche corcholata?, escribió el fino señor y colgó una imagen de Xóchitl Gálvez con banda presidencial, con una banda y como con 30 kilos de menos y con el rostro fotochopeado al punto que parece un personaje de la famosa película de James Cameron. Más allá de lo inverosímil de la imagen, el manejo tipográfico dice mucho: la mitad de la “X” está formada por una banda presidencial y es la letra que se destaca, claro, como la de “Va X México”, como la de Claudio “X” González. Pura impostura: de botarga a avatar X.

    La fachiza se está esforzando para que hacer creer que la señora X, una de las tres senadoras panistas escandalosas, ganaría fácilmente la Ciudad de México y por eso mismo no se deja convencer de asumir la candidatura presidencial. Si a mí me preguntaran yo apoyaría la jugada: Xóchitl Gálvez sería tan mala candidata que representaría muy bien a la oposición.

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    Hace unos días, un amigo me envió una tablita en la que se muestran los resultados de las más recientes elecciones presidenciales: de Salinas de Gortari a López Obrador.

    En 1988, luego de los primeros comicios realmente disputados de la historia contemporánea del país, según los resultados oficiales, Salinas obtuvo 9.6 millones de sufragios, casi el 51% del total de los votos efectivos; y según la Comisión Federal Electoral, cerca de cuatro millones de votos más que su más cercano contrincante, Cuauhtémoc Cárdenas. Seis años después, en 1994 Zedillo ganó desahogadamente la Presidencia, con el 50% de los votos efectivos, ocho millones más que el panista Fernández de Cevallos, su rival más próximo. El prianista Vicente Fox, en el año 2000, consiguió el voto de cerca de 16 millones de electores, pero ese monto representó apenas el 44% de los sufragios válidos, es decir, mucho menos de la mitad. El fraude de 2006 se consumó con 15 millones votos para el abanderado del PAN, menos del 37% del total. Según el IFE, Calderón ganó la contienda con una ventaja de menos de un punto porcentual en el número de votos respecto a los que reconocieron para AMLO. En 2012, Peña, con todo y la Gaviota y el apoyo de Televisa, con todo y las tarjetas Monex, no logró alcanzar el 40% del total de sufragios: 19 millones de votos, apenas tres millones más que López Obrador. Finalmente, en 2018, más de 30 millones de mexicanas y mexicanos votamos por el candidato de Morena y sus aliados. AMLO obtuvo así prácticamente el 55% de los votos y rebasó con más de 17.5 millones de sufragios al candidato que quedó en segundo sitio, un panista hoy prófugo.

    Aunque mi amigo no incluyó ningún comentario, de cualquier forma, yo le respondí: Y con un poco de orden el/la próximo que gane la Presidencia va a superar ese porcentaje. De hecho, días después, Morena declaró que en 2024 al menos va por 33 millones de votos. Ahora sí, mi amigo contestó de inmediato: Difícil. AMLO es un fenómeno. Sí, claro —respondí—. Lo que sucede es que la próxima elección, sin competir, la ganará AMLO. Ahora sumen la seriedad de la oposición. Difícil no andar optimista.

    • @gcastroibarra
  • ¿Quién debe relevar al insustituible?

    ¿Quién debe relevar al insustituible?

    Cualquier análisis mínimamente serio sobre el proceso de selección de quien sucederá a Andrés Manuel López Obrador —esto es, en principio quien obtenga la candidatura de Morena en septiembre próximo— debe partir del hecho de que el señor que ejerce la Presidencia de la República desde diciembre de 2018 es insustituible. La condición humana nos hace a todos y a todas iguales: únicos e irrepetibles. Entre las dos personas más parecidas entre sí que puedan existir, pensemos en los llamados gemelos idénticos o monocigóticos, existen siempre diferencias sustanciales. Así que el carácter de irremplazable al que me refiero en relación a AMLO es otro y es específico: su capacidad de liderazgo.

    Claro, al respecto podríamos abundar y comenzar ya a verter mucha tinta a los caudalosos ríos que la historia del siglo XXI mexicano, con toda seguridad, dedicará a Andrés Manuel: visión, carisma, contacto con la gente, conocimiento directo y abstracto de la dimensión espacial de México, sapiencia y conciencia históricas, historia personal, persistencia, habilidad discursiva, encanto, fuerza persuasiva, valentía y prudencia, suerte, tino, congruencia, formación humanista, tablas…, en fin, podríamos seguir y seguir. Por lo demás, si bien una de las características indiscutibles del liderazgo de AMLO es su enorme facultad de innovación, es indispensable tener en mente que el formidable reto que enfrentará la persona que encabece a partir de 2024 el Poder Ejecutivo se puede sintetizar muy fácilmente: consolidación y continuidad de la Cuarta Transformación de la vida pública de México. Así que, aunque pudiera surgir un perfil semejante al del hombre que llegó desde el sur profundo, resulta que lo que ahora precisa la 4T no es innovación en el sentido de golpes de timón. La dirección está ya determinada.

    Así las cosas, a ninguna corcholata se le puede pedir que llene los zapatos de AMLO, sin embargo a todas se les debe exigir que se apeguen a los principios de la 4T. Considerando esto queda escandalosamente evidenciado que quien más conviene que suceda a López Obrador no es quien más desee hacerlo, ni siquiera quien más lo merezca, sino quien represente mejor al obradorismo. El apego al proyecto debe ser la característica definitoria.

    Si del proceso que lleva ya meses ocurriendo y sin embargo inició formalmente apenas el viernes 16 resulta candidato o candidata quien, desde la perspectiva mayoritaria de la base social que apoya al obradorismo, asegure el mayor apego a los principios de la regeneración nacional que impulsa la 4T, en septiembre estará definida la Presidencia de México para el próximo sexenio. Si no es así, si las encuestas que está organizando Morena no logran decantar patentemente a la persona adecuada, no la más parecida a AMLO sino la más obradorista, la sucesión presidencial se complicaría de manera innecesaria, imprevisible y muy peligrosa. Porque por ahora no hay misterio alguno: la oposición conservadora es un fantasma, un espectro despixelado, un espantapájaros que no espanta a nadie, un atajo de personajes insustanciales. Lo anterior es tan evidente que, hasta ahora, sin ninguna propuesta concreta, sin críticas de fondo a la gestión del presidente López Obrador, sin nadie que pueda encabezarlos de forma siquiera verosímil, la marabunta de querientes desesperados de la derecha y toda su opinocracia se han volcado a hablar (mal) del proceso de selección de Morena. La irrelevancia a gritos.

    Si lo dicho hasta aquí es certero, ¿quién debe pues relevar al insustituible? Para dar respuesta a la interrogante, de entrada, me parece que por puro procedimiento lógico conviene que descontemos a quienes no pueden, es decir, a quienes no cuentan con el respaldo suficiente de acuerdo a todas las encuestas: de los seis quedan entonces ya nada más tres. Ahora, de los tres que quedan, los tres punteros de acuerdo a todas las encuestas realizadas hasta ahora, ¿quién representa mejor al movimiento? Ciertamente, es difícil pero no imposible que alguien que se declare radicalmente obradorista luego cambie de postura y traicione los principios de la 4T, pero es mucho más probable que lo haga quien, de entrada, pretende desmarcarse en alguna medida del proyecto para ganarse las simpatías de quienes detestan al obradorismo. López Obrador ha dicho varias veces que la transformación de este país debe ser radical y que no es tiempo de zigzaguear. ¿Dicho lo anterior es necesario poner nombres para decir que de los tres punteros en realidad cada día que pasa se evidencia que sólo quedan dos?

    • @gcastroibarra
  • Atisbos de la atroz intervención que sueñan los fachos

    Atisbos de la atroz intervención que sueñan los fachos

    Por lo menos 4.5 millones de personas han muerto en Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, Yemen, Libia y Somalia a causa de la llamada “guerra contra el terrorismo” declarada por Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Por favor, aquilata el número. Cuatro y medio millones de seres humanos son más que la población total de países como Panamá, Croacia, Uruguay, Mongolia o Jamaica.

    La muerte de cuatro y medio millones personas equivale al exterminio de todos los hombres y todas las mujeres que habitan Michoacán, o la suma de la gente que reside en los estados de Aguascalientes, Campeche, Tlaxcala y Nayarit. Hablamos de una monstruosidad, de una tragedia humana enorme, y esto es precisamente lo que alienta la derecha golpista en México cuando impulsa y festeja las irresponsables ocurrencias injerencistas de algunos congresistas republicanos de Estados Unidos.

    El pasado 15 de mayo, el proyecto Costs of War del Instituto Watson de asuntos públicos e internacionales de la Universidad de Brown publicó el reporte Cómo la muerte sobrevive a la guerra. El impacto reverberante de la guerra Post-9/11 en la salud humana. En el documento se detalla:

    Posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001 [ocurridos en Nueva York y en el condado de Arlington, Virginia, cerca de Washington D. C.], el número total de muertos en las zonas de guerra de Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, Yemen, Libia y Somalia podría ser de al menos 4.5 millones, aunque la cifra sigue aumentando. Algunas de estas personas murieron en los combates, pero muchas más, especialmente niños, han fallecido por los efectos colaterales de la guerra, como la propagación de enfermedades. Las muertes indirectas, estimadas entre 3.6 y 3.7 millones, se deben a problemas de salud resultado de la destrucción de las economías, los servicios públicos y el medio ambiente después de las acciones bélicas impulsadas por los norteamericanos. Las muertes indirectas siguen aumentando conforme avanza el tiempo. Aunque en 2021 Estados Unidos retiró sus efectivos militares de Afganistán, poniendo fin oficialmente a una guerra que comenzó con su invasión hace 20 años, hoy los afganos sufren y mueren por causas relacionadas con la guerra a un ritmo mucho más acelerado que nunca.

    El informe no atribuye responsabilidades directas a alguna de las partes beligerantes ni desentraña los factores intensificadores —como las acciones de gobiernos autoritarios, trastornos políticos relacionados, sanciones económicas globales, cambio climático, desastres ambientales o la acumulación de devastaciones de anteriores guerras—. Tampoco señala explícitamente culpables. En cambio, el informe muestra que las guerras posteriores al 11 de septiembre desataron muchos tipos de muertes. En última instancia, los impactos de la violencia son tan vastos y complejos que resulta imposible cuantificarlos.

    Entre el conservadurismo mexicano, no faltan quienes aplauden los amagos que algunos políticos republicanos han intensificado últimamente para presionar al gobierno del presidente Joe Biden de tal manera que se declare terroristas a los llamados carteles del narco que supuestamente operan en nuestro país, a fin de que se autorice la intervención directa en nuestro territorio del ejército norteamericano. ¿Se darán cuenta los costos humanos que eso tendría?

    El reporte de la Universidad de Brown explica que existen muchas consecuencias reverberantes de las guerras posteriores a septiembre de 2001, y que todas ellas han causado millones de muertes indirectas. En efecto, las acciones bélicas tienen como efecto directo destrucción y muerte, pero la cosa no queda ahí; enseguida, se producen al menos cuatro consecuencias que suelen subestimarse:

    • Colapso económico, pérdida de medios de subsistencia e inseguridad alimentaria;
    • destrucción de servicios públicos e infraestructura de salud;
    • contaminación ambiental, y
    • trauma y violencia colateral.

    Es bien sabido que las guerras suelen matar a mucha más gente indirectamente que en los combates directos. Desgraciadamente, en muchos casos las víctimas son niños pequeños. En el caso concreto de las guerras acometidas por Estados Unidos supuestamente para combatir al terrorismo, se estima que han provocado que más de 7.6 millones de niños menores de cinco años sufran cuadros de desnutrición aguda — emaciación—, en Afganistán, Irak, Siria, Yemen y Somalia.

    Y como siempre, los impactos de la guerra no le pegan parejo a toda la gente, sino que afectan más intensamente a unos que a otros:

    • Si bien los hombres tienen más probabilidades de morir en combate, las mujeres y los niños mueren más a menudo por los efectos colaterales.
    • Las mujeres en particular sufren la violencia de género, la cual siempre se agrava en tiempos de guerra.
    • Las personas que viven en zonas rurales son especialmente vulnerables cuando los servicios públicos, especialmente de atención médica, y las vías de comunicación se interrumpen o destruyen.

    Y, por descontado, la gente pobre es especialmente vulnerable. Los estudiosos de la Universidad de Brown descubren el hilo negro: “… con o sin guerra, las personas que sufren injusticias sociales debido a su pobreza, género, raza, etnia y/o legados coloniales tienen un mayor riesgo de muerte”.

    El reporte completo puede consultarse aquí.

    Y de nuevo, por favor trate de mesurar el dato: 4.5 millones de muertes… Por cierto, según Wikipedia, el total de fallecidos a causa de los atentados del 9/11, incluyendo a 19 terroristas, fue de 2,996 personas.

    • @gcastroibarra

  • El sueño mexicano

    El sueño mexicano

    Zara y George

    Ella era historiadora, experta en el siglo XX europeo; él, quizá la máxima autoridad mundial en el vasto campo de la literatura comparada. Jóvenes, se conocieron en Londres, gracias a una ensoñación compartida…, y, raro, no por ellos dos.

    En 1952, Zara, neoyorkina, y George, parisino, concluían sus respectivos doctorados en Oxford. Aunque ambos habían estudiado la licenciatura en Harvard, no se conocían… Algunos profesores que tenían en común compartían un ensueño: nacieron el uno para el otro, y el día que los presentemos se van a enamorar y van a casarse… Algunos apostaron, luego los presentaron… La boda de George Steiner (1929-2020) y Zara Shakow (1928-2020) habría de celebrarse menos de tres años después: el sueño en vigilia de aquel grupo de académicos se concretó.

    No sólo los sueños propios influyen en la vida de las personas, también, y quizá más, los ajenos. Zara murió un 13 de febrero, diez días después que su esposo.

    Sueño y lenguaje

    En uno de sus libros, Pasión intacta, Steiner incluye un texto en el que encara la siguiente pregunta: “¿Los sueños forman parte de la historia?” Especula que los humanos debimos de haber soñado desde los albores de la especie, antes incluso de haber desarrollado el lenguaje. Soporta su suposición en un hecho incuestionable, sobre todo para quienes hemos convivido con mascotas: los animales sueñan. Cree que el lenguaje apareció como una herramienta para contar e interpretar nuestros sueños. Si fue así, el sueño es el manantial de los mitos primigenios y del lenguaje mismo, ya que su evolución “se cumplió a través de una interacción dialéctica…” Por lo demás, los sueños nunca escapan del lenguaje: todos los informes de los sueños nos llegan al consciente a través de palabras.

    Sueño e historia

    La historicidad de los sueños es doble: por un lado, se convierten en materia de la historia, y por el otro existe una especie de historia de los sueños.

    Los sueños del rey o del profeta, por ejemplo, han sido temas consignados como parte de la historia de los pueblos. Históricos son también los horrores que la gente puede sufrir en sueños ante la inminencia del cambio de un siglo, o frente a determinadas amenazas, reales o imaginarias. Más incluso, apunta Steiner: “las revoluciones, antes de realizarse, son soñadas, primero por individuos, y luego por un grupo social. Y quizá el carisma de un líder se define precisamente como esa facultad de concebir un sueño anticipador, una fuerza capaz de suscitar sueños semejantes en los demás”.

    Los sueños, para usar la expresión de Bloch, “imprimen a la historia un movimiento hacia la esperanza”.

    En cuanto a la otra cara de la historicidad de los sueños, Steiner explica que en la cultura occidental la función que le reconocemos a los sueños ha mutado. Desde la Antigüedad vinculábamos los sueños a la prefiguración, es decir, se asumían como una visita al futuro, y se recuperaban al despertar por medio del lenguaje. Soñar se entendía como una forma de atisbar el porvenir e interpretar los sueños era un acto de adivinación. Pero a partir del Siglo de las Luces y decididamente después de Freud, los sueños dejaron de ser surtidores de predicciones, para entenderse ahora como pozos de recuerdos. Claro, algunas personas siguen queriendo hallar en los sueños pistas para prever lo que pasará, pero es innegable que desplazamos los sueños de la categoría de profecías a la de reminiscencias.

    Sueños y pesadillas

    Con todo, como desde hace miles de años, hoy una colectividad, para serlo, necesita compartir sueños.

    En octubre de 2014, semanas después del artero ataque a los normalistas de Ayotzinapa, escribía yo:

    Hoy el futuro nos queda cada vez más lejos, y casi nadie se anima a soñarlo. La situación de atrocidad que develó lo ocurrido hace unos días en Iguala, Guerrero, ha hecho que muchos prefieran no ver, no enterarse y hacer como si no pasara nada, o bien asumir el futuro como una pesadilla. Por eso urge que cada vez sean más quienes critiquen y manifiesten inconformidad. Porque George Steiner tiene razón, “toda crítica del apocalipsis es una utopía”.

    Hace poco más de diez años decía yo que nos urgía soñar para despertar de la pesadilla en la que estábamos.

    El sueño mexicano

    Durante la mañanera del 5 de mayo, el presidente López Obrador habló sobre la complicada cuestión migratoria. Resaltó que por primera vez en mucho tiempo el gobierno de Estados Unidos ha abierto la posibilidad para que, quien quiera ir a trabajar allá, pueda optar por hacerlo legalmente, en vez de arriesgar su patrimonio y la vida para llegar como indocumentado y aspirar al llamado ‘sueño americano’. Entonces relató:

    Hace unos días me contaron que en San Francisco un paisano que tiene su taquería estaba platicando con otro paisano y le dice: ‘Oye, vámonos ya de regreso a México. Qué sueño americano ni que nada, ahora es el sueño mexicano, ahora es el sueño mexicano…

    ¡Qué diferencia! No sólo despertamos de la pesadilla, además recuperamos la capacidad de soñar e instalamos el sueño mexicano como una referencia válida de la actualidad de nuestro país.

    Víctor Hugo, en su extraordinaria novela Los miserables, escribe: … nada mejor que el sueño para engendrar el porvenir.

    Larga vida al sueño mexicano.

    • @gcastroibarra