Resulta indignante que lo que debe morir se resista a morir. Y es que, más de quinientos años después de que los españoles más castos, educados y sensiblemente salvajes, vinieran a liberar (no me salgan con que se trató de una conquista, una imposición y una masacre), como con sabia ignorancia despreciable sostienen Aznar y compañía, este pedazo de tierra que ahora llamamos México, del fanatismo y la barbarie y a salvar a través del extremismo evangelizador y la espada a todos aquellos que no sólo no buscaban ser salvados, sino que fueron asesinados para salvar sus almas, resulta de una frustración frustrante que sobrevivan idiomas que no son el castellano en esta geografía, resulta de una necia necedad que haya hablantes de idiomas originarios, y resulta inaceptable que el gobierno fomente, así sea de forma mínima, que dichos idiomas no terminen por desaparecer. Y es que, anunciar que 78 de las más de 7,000 escuelas de educación básica de la Ciudad de México impartirán cursos optativos de náhuatl como parte de la acciones para preservar dicho idioma, es un asalto a la razón de toda racionalidad que racionalmente racionalice el clasismo y el desprecio por el otro.
Y es que, no conforme con que en la Ciudad de México se sigan hablando 55 idiomas originarios, el gobierno local lanza una iniciativa que, así sea de forma insignificante, contribuye a que los hablantes de esos 55 idiomas resistan al noble esfuerzo de sometimiento y subyugación al que —primero la corona española y despues del gobierno mexicano— los ha sometido. Poco importa que el programa se aplique solo en algunas escuelas de las alcaldías con mayor número de pueblos originarios. Lo relevante es que se busque reforzar la identidad del lenguaje y con ello impulsar que no sólo se hable en el hogar, sino en las comunidades y los espacios públicos, que sus hablantes se sientan orgullosos de hablar náhuatl y no lo oculten, que la lengua se mantenga viva ¡Haganme el favor! Siglos inoculando la vergüenza en los pueblos originarios y la población mestiza de este país, siglos propagando un currículum que hace de los sujetos agentes que rechacen su origen para abrazar una identidad difusa, estandarizada y hegemónica que se dicta desde los grandes centros del poder, siglos formando seres aspiracionistas que aspiren a ser lo que sea menos lo que son, para que de un plumazo y con el avasallador número de 78 escuelas, los cuatreros cuatroteros de la Ciudad de México, salgan a decirle al hablante del náhuatl —en particular— y a la población entera —en general— que está bien ser diferente, no hablar el idioma dominante, no agachar la cabeza y pedir perdón por existir.
Ya se que no faltará aquel que sostenga que 78 escuelas de educación básica no es algo que deba preocuparnos. Es más, no faltará quien se muestre indignado de que sólo sea en 78 escuelas y de que se trate de un curso optativo ¡Hay de todo en la viña del Señor que llegó junto con los españoles a salvar a través de la imposición, la sangre y la enfermedad! Digan lo que digan, en Latinoamérica hay ochocientos veintiséis pueblos indígenas, y hablan cuatrocientos veinte idiomas distintos. De ellos, sólo el 40% está en peligro de desaparecer, en otras palabras, sobrevive una posibilidad latente de que 58 millones de personas sigan hablando un idioma que no es el del conquistador, sobrevive la posibilidad de que al hacerlo, su historia, su cultura, sus tradiciones, sus saberes, resistan a la imposición hegemónica y estandarizadora. El sueño de la clase aspiracionista latinoamericana, de abandonar el castellano, o el portugues, para que todos hablemos ingles, para consagrarnos como un orgulloso patio trasero del imperio, se ve amenazado cada que alguien se enorgullece de su origen, cada que alguien habla con su propia voz y con sus propias palabras, cada que una cultura resiste a la bendita y aplastante ley del mercado.
Entrados en gastos
Parece chiste, pero no lo es, pudiendo obligar a los estudiantes a aprender inglés, a sólo hablar en inglés, nuestros gobiernos abren la posibilidad de aprender un idioma originario. Parece que no entienden que no pueden entender, ningún idioma es otra cosa que no sea una herramienta laboralmente pragmática, todo idioma debe ser reducido a la satisfacción de los requisitos más demandados en el ámbito laboral, un profesional bilingüe es reconocido por su preparación y pueden tener mejores puestos y mayores salarios. Sí. Pero sólo si ese otro idioma —porque la lengua materna de todo mexicano es el castellano aunque la madre, o la madre de las madres, de muchos mexicanos no hable castellano— es un idioma del primer mundo. Que el bilingüismo contribuya a mejorar la memoria, la toma de decisiones, reduzca el riesgo de enfermedades mentales, mejore la socialización, el pensamiento crítico, o la capacidad de aprendizaje, importa poco si eso no se traduce en una capacidad que el obrero calificado pueda presumir en su hoja de vida. Bilingüismo, sin aprobación del mercado, es una pérdida de tiempo.
- Carlos Bortoni es escritor. Su última novela es Historia mínima del desempleo.
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