La historia demuestra que el imperialismo no desaparece, simplemente toma nuevas formas. En 1904, Theodore Roosevelt anunció la doctrina del “Gran Garrote”, defendiendo la intervención de Estados Unidos en América Latina con la idea de que el hemisferio debía estar bajo el control de Washington. Más de cien años después, Donald Trump parece decidido a reactivar esta política, creyendo que la única manera de “hacer a América grande” es imponiendo su voluntad sobre otros países.
El plan trumpista de anexar Groenlandia, el declarar a los carteles mexicanos como terroristas y sus amenazas a Panamá para recuperar el canal, nos hacen remontarnos a la política exterior de los Estados Unidos durante los inicios del siglo pasado. Todo ello también parece ser una analogía del expansionismo estadounidense del S. XIX; en el caso de Groelandia, se trata de una estrategia geopolítica que busca asegurar el control estadounidense del Ártico frente a Rusia y China. Pero detrás del discurso de seguridad y desarrollo, se esconde la misma lógica que llevó a EUA a apropiarse de medio continente durante el siglo antepasado: El expansionismo disfrazado de necesidad histórica.
El intervencionismo no se detiene ahí. Panamá, país que hace más de dos décadas recuperó la soberanía sobre su canal, vuelve a estar en la mira de Washington. La excusa esta vez es la injerencia china y el supuesto debilitamiento institucional del istmo. ¿El verdadero motivo? Asegurar el control sobre una de las rutas comerciales más importantes del mundo, porque para Trump y su séquito, la historia de América Latina es la de un patio trasero que debe mantenerse vigilado.
El caso de México es aún más preocupante. La designación de los cárteles como organizaciones terroristas no solo allana el camino para una mayor injerencia estadounidense en territorio mexicano, sino que abre la puerta a operaciones militares unilaterales. Bajo la retórica de la “guerra contra el narcotráfico”, lo que realmente se pretende es justificar la intervención directa en suelo ajeno, sin importar la soberanía nacional.
La historia ha evidenciado lo que sucede cuando Estados Unidos elige “establecer orden” en el mundo: golpes de estado, intervenciones militares, robo de recursos y generaciones enteras atrapadas en la violencia y la pobreza. El Gran Garrote nunca ha proporcionado estabilidad, únicamente control y sumisión.
Hoy, ante este renovado imperialismo evidente, es crucial que los pueblos se expresen. Si la comunidad internacional permite que el garrote prevalezca sobre la ley y la autodeterminación, el mundo habrá retrocedido a una época donde la capacidad de un país se medía por su habilidad para dominar a otros.
El periodo entre ambos grandes garrotes ha terminado. Durante décadas, Washington disfrazó su control bajo el manto de la “cooperación internacional”, financiando ONGs y medios opositores a través de la USAID, asegurando que gobiernos incómodos fueran debilitados sin necesidad de intervención militar. Pero en 2025, el imperio ha decidido que las sutilezas ya no son necesarias. La diplomacia es un trámite irrelevante cuando puedes apropiarte de Groenlandia por la fuerza, recuperar Panamá con el pretexto de la seguridad o designar terroristas en México para justificar operaciones unilaterales.
El nuevo Gran Garrote no busca moldear gobiernos, sino imponer su dominio de manera directa. La USAID perdió prioridad porque Estados Unidos ya no necesita convencer a nadie: el mensaje es claro y brutal. Si un país no se alinea con los intereses de Washington, enfrentará sanciones, intervenciones o incluso ocupaciones. Este no es un regreso al siglo XX, sino un salto hacia una era de imperialismo descarado, donde la única ley que importa es la del más fuerte.
El siglo XXI no debe convertirse en el siglo del neocolonialismo estadounidense. Depende de nosotros evitarlo.

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