Categoría: Germán Castro

  • Otro mundo

    Otro mundo

    Conmocionados y desorientados… En su libro 21 lecciones para el siglo XXI, Yuval Noah Harari describe la lastimera situación en la que se encuentra buena parte de las élites liberales de todo el orbe, luego de que, sorpresivamente, ¡no se acabó la historia! Porque no debemos olvidar que la ideología dominante llegó a colocar como sensata e incluso como cierta una idea hoy palmariamente descabellada: la idea de que a finales del siglo XX la humanidad había llegado al final feliz de la historia. 

    En su libro The end of history and the last man (1992), Francis Fukuyama explicaba que, si bien no proponía el “fin de la historia” como “el fin de la ocurrencia de eventos”, en cambio sí entendía que habíamos alcanzado “el fin de un proceso evolutivo único, coherente, considerando la experiencia de todos los pueblos en todos los tiempos”. ¡Zaz! Sostenía que el capitalismo global era la culminación última, dichosa y definitiva del desarrollo humano. 

    Fukuyama, evangelista del capitalismo global, aseguraba que, alineados al ejemplo de las democracias liberales anglosajonas, trepados en el desarrollo científico y el avance tecnológico, e impulsados por los motores del libre mercado, “todos los países en proceso de modernización económica” habrían de parecerse cada vez más a las potencias del primer mundo y “tendrían que unificarse a nivel nacional sobre la base de un Estado centralizado, urbanizarse, reemplazar las formas tradicionales de organización social”. Pero resultó que no, que no cupimos todos en Hollywood, que no hemos llegado al sueño norteamericano… Es más, resultó que el despertar del sueño está resultando bastante feo, también y especialmente para los gringos: resultó que el modelo no era perfecto y que desde hace ya varios años está mostrando que es más bien suicida… ¡Cómo! ¿No fue la caída del muro de Berlín la metáfora perfecta de que las puertas del paraíso consumista, tecnoedonista y libertino estaban ya abiertas para todos? Pues no: terroristas talibanes, estrepitosas crisis financieras, polarización, tsunamis de migrantes, el Brexit, trumpianas trompetas, ríos de opiáceos, toneladas de armas de alto poder al alcance de cualquier chamaco, bichos microscópicos, pandemias de fake news, el descrédito de la ciencia, la guerra en suelo europeo… Abundan las pruebas contundentes de que no hemos llegado al fin de la historia.

    Así que aquí, como en todo el mundo, un montón de opinócratas, académicos, intelectuales y líderes de la derecha reaccionaria siguen sin salir del pasmo que ha significado que la realidad no les haya dado la razón. Escribe Yuval Noah Harari: “No es extraño que las élites liberales, que dominaron gran parte del mundo en décadas recientes, se hayan sumido en un estado de conmoción y desorientación. Tener un relato es la situación más tranquilizadora… Que de repente nos quedemos sin ninguno resulta terrorífico. Nada tiene sentido. Un poco a la manera de la élite soviética en la década de 1980, los liberales no comprenden cómo la historia se desvió de su ruta predestinada, y carecen de un prisma alternativo para interpretar la realidad. La desorientación los lleva a pensar en términos apocalípticos, como si el fracaso de la historia para llegar hacia su previsto final feliz solo pudiera significar que se precipita hacia el Armagedón. Incapaz de realizar una verificación de la realidad, la mente se aferra a situaciones hipotéticas catastróficas”.

    Entonces, entre la derecha reaccionaria no faltaron los que pasaron del feliz pregón del fin de la historia al anuncio angustioso del fin del mundo. Pero llegaron tarde a alistarse al ejército de agoreros de la catástrofe. Desde los primeros años del siglo XXI, la percepción de que el mundo se está acabando era ya compartida entre muchos pensadores que habían tomado distancia de la ideología dominante. El mundo, este mundo, está en las últimas… No se trata del acabose del planeta, porque la Tierra no requiere para existir ni siquiera de la biosfera, ya no digamos de los humanos. Tampoco se está avistando necesariamente el fin de nuestra especie; no sería la primera vez que un modelo civilizatorio diera de sí y eso no ha significado hasta ahora la extinción humana. Lo que sí está acabándose es un orden mundial, el orden capitalista moderno.

    Hace unas semanas comenzó a circular The End of the World Is Just the Beginning, de Peter Zeihan. El planteamiento del libro se enuncia fácil: en 2019 comenzó el fin del orden mundial que venía funcionando desde 1945. Zeihan sostiene que el mundo está desmoronándose debido al colapso de la globalidad y al cambio de la dinámica demográfica.

    Después de leer la reseña que escribí acerca de The End of the World Is Just the Beginning, mi amigo Lalo Hernández me escribió: “Un compañero de trabajo solía decir: ‘Después de los 45 ya valió madre’. Es casi lo mismo que dicen Zeihan y tú: ‘lo mejor de nuestra vida ya pasó, quedó atrás y el porvenir será progresivamente peor…’ Él, Zeihan, dice eso. Yo no. Por eso le contesté a Lalo: “Creo que efectivamente lo mejor del modelo civilizatorio ya pasó…, globalmente, en promedio, pero de manera diferenciada. Por ejemplo: en México creo que seguimos en bonanza en medio de la crisis planetaria.” Creo que aquí, desde 2018, andamos tratando de construir otro mundo.

  • El decaído tío Sam y las trompetillas del Apocalipsis

    El decaído tío Sam y las trompetillas del Apocalipsis

    Paradoja: Transitamos una época en la que cotidianamente ocurren cosas insólitas, de tal manera que muchas de ellas las dejamos pasar desapercibidas. En nuestra mesa, lo inédito se ha vuelto el plato de todos los días. Sucede así que, a pesar de que las grandes mutaciones se anuncian a tamborazos y alaridos, cuando se concretan nos pillan por sorpresa. Las vicisitudes que tuercen las predicciones han sustituido a las tendencias.

    Por ejemplo. Con todo y la foto del diplomático declarante, sonriente y sombrerudo, en la portada de El Financiero de antier, martes 26 de julio, apareció una nota que debería resultarnos sorprendente, por decir lo menos: “EU, Canadá y México podrían liderar el mundo: Ken Salazar”. ¡Ah, caray! ¿Es que Estados Unidos no es ya mismo la súper potencia que lidera el mundo? ¿O es que acepta el gobierno norteamericano que no es más el policía de planetario, el papá de los pollitos de la aldea global? ¿Se acabó la era de la supremacía del tío Sam? ¿O es que, por primera vez nos convida a canadienses y mexicanos a disfrutar de su hegemonía? La información la mandan hasta la página 30, y si uno llega hasta allá puede leer: “El embajador de Estados Unidos… aseguró que, si México está dispuesto a trabajar de la mano con Estados Unidos y Canadá, las tres naciones tienen todo para ser potencias económicas mundiales”. ¿Así lo dijo, con el si condicional? Más abajo detallan que no se trató de una declaración de viva voz, sino de un tuit. 

    Así que mejor opté por confirmar el aserto en a la cuenta de mister Salazar… Y resulta que no, que como acostumbra, El Financiero editorializa de más: el diplomático no involucra condicionante alguno, sólo afirma: “EE. UU. y México, junto con Canadá, tienen el potencial de convertir a América del Norte en una potencia económica.” O sea: parte de que América del Norte no es ahora una potencia económica. Y enseguida, la promesa… ¿Qué ofrece? Una magullada zanahoria, las mieles del modelo anterior, este que está desmoronándose en nuestras narices: “Al tiempo que respetamos la soberanía nacional, podemos liderar al mundo en cumplir la promesa de prosperidad y seguridad económica para todos los ciudadanos”. 

    El agusanado ideal del progreso, pues, la falacia de que el crecimiento económico es sinónimo de desarrollo y bienestar para todos. ¿Y cómo es que ahora sí la dichosa dicha de la prosperidad económica será una vida mejor para todos y no sólo para unos cuantos? Ni media palabra al respecto, claro… Ahora, si bien agazapado en el nosotros tácito —“(nosotros) podemos liderar al mundo”— podrían esconderse nada más los gringos y sus intereses, en tanto que mexicanos y canadienses quedaran entre los liderados por ellos con el resto del mundo, líneas más abajo el embajador norteamericano reitera la generosa oferta, que sí, nos incluye: “Estados Unidos continuará trabajando con México para crear una Norteamérica… que lidere el mundo…” ¡Órale, nos sacan del patio trasero para invitarnos a entrar al cuarto de mando! Por supuesto, no faltarán los suspicaces que piensen que es un ofrecimiento de dientes para afuera, nada más que una jugarreta retórica… Quizá, pero incluso si ese fuera el caso habría que decir que nunca antes el gobierno estadounidense había considerado necesario tratar de timarnos con un embuste de esa calaña.

    El mismo martes pasado, pero en la primera plana de El Economista, leí una noticia que hace no mucho tiempo habría tirado el peso, la bolsa de valores y hasta hubiera podido costarle el puesto al secretario de Hacienda: “Economía mexicana caería en recesión en 2023: Moody’s. El PIB caería 1.8% este año y contraería 1.7% en 2023.” ¡Sopas! ¿Y qué, se propagó el terror de Mérida hasta Ensenada? En lo absoluto, los trompeteros del Apocalipsis a estas alturas están muy desacreditados y ya espantan menos que el Coco o el Viejo del Costal.

    Para cualquiera con tres dedos de frente y un mínimo de sentido común la declaración de los señores de Moody’s no es otra cosa que una ridícula expresión del pensamiento mágico disfrazado de Economía. ¿De plano no han tomado nota de que lo único que podemos por ahora saber del futuro es que cada día es más incierto? ¿O es que tienen una bola mágica de cristal? ¿Sabrán cuándo y cómo se resolverá la guerra en Ucrania? ¿O sabrán cómo se complicará el asunto? ¿Sabrán cómo será el comportamiento de las nuevas variantes del SARS-COV-2 o sabrán que ya no habrá nuevas variantes? ¿Conocerán los erráticos e irracionales vaivenes de los mercados?

    Quien se haya tomado la molestia de leer los augurios de Moody’s, pudo constatar que la soberbia de los economistas puede alcanzar niveles de patología psiquiátrica: “El PIB se contrae 1.7% en 2023, después de crecer 1.8% en 2022. La economía mexicana acumula una contracción de 3.4% del segundo al cuarto trimestre del 2023, mucho mayor a la caída reportada por la economía estadounidense de 2.1%… El experto puntualizó que… la economía mexicana saldría de la recesión en el primer trimestre del 2024”.

    De que todo está cambiando no hay duda; hacia dónde… nadie sabe. 

  • La patógena incredulidad

    La patógena incredulidad

    Machacona, monotemática y predecible, como cualquier persona que sufre una obsesión, Denise Dresser tuiteó el lunes: “¿Usted le cree a López Obrador? Yo no”. La declaración iba acompañada de un video de poco menos de un minuto y medio de duración, un extracto de la mañanera en el cual el presidente, en respuesta a una reportera, desmiente la volada de que la captura del señor Rafael Caro Quintero había ocurrido gracias a la intervención del gobierno de Estados Unidos, particularmente de la DEA. A botepronto, respondí al cuestionamiento que lanzó la señora Dresser: “Usted no, sistemáticamente. Y así se ha equivocado, doctora, sistemáticamente.”

    Por supuesto, Denise Dresser, como cualquiera, tiene todo el derecho del mundo de creer en lo que le venga en gana, y consecuentemente también tiene todo el derecho del mundo de no creer en lo que le venga en gana. En el modelo de civilización en el que vivimos ese derecho se considera fundamental e irrenunciable. La Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada por la ONU señala desde su Preámbulo, que los seres humanos deben disfrutar “de la libertad de creencias”, y luego lo prescribe detalladamente en su artículo 18. No sólo, además el documento establece que dicha libertad, junto con otros muchos derechos universales, tiene que ser protegida por un régimen de Derecho. 

    Así ocurre en México, en donde esa libertad está amparada explícitamente; el artículo 24 constitucional así lo establece: “Toda persona tiene derecho a la libertad de convicciones éticas, de conciencia y de religión, y a tener o adoptar, en su caso, la de su agrado”. Así que, en efecto, tal y como la mayoría de la gente en este país —89% de la población de 3 años y más, de acuerdo con los resultados censales de 2020— tiene derecho a creer que hace 2022 años nació en medio oriente el hijo de Dios que al mismo tiempo es una de las tres personas de Dios, la académica del ITAM tiene todo derecho de no creerle ni media palabra a Andrés Manuel López Obrador. 

    En este caso, no importa que las autoridades norteamericanas ya hubieran confirmado lo expresado por el presidente —el embajador Ken Salazar declaró “la aprehensión del narcotraficante Rafael Caro Quintero fue realizada exclusivamente por el gobierno mexicano”—. Como ocurre con cualquier creencia, ni las evidencias factuales ni ninguna de las herramientas que pueda aportar el pensamiento crítico pueden desmontarla.

    Supongamos que la señora Dresser genuinamente no crea en lo que afirma el presidente, supongamos que no esté mintiendo —es decir, que en realidad no es que ella no crea en lo que dice AMLO, sino que sencillamente se esté sumando al nado sincronizado con el que la oposición propaga un bulo más para tratar de afectar intencionalmente la credibilidad del mandatario—. Si es así, pase lo que pase, ella podrá seguir creyendo que el presidente miente o lo que quiera, cualquier cosa por más desatinada que pueda parecer: Credo quia absurdum, creo porque es absurdo, reza la paráfrasis de la famosa sentencia que se atribuye al apologeta cartaginés Quinto Septimio Florente Tertuliano (s. II a. C.).

    Cuando estaba por concluir la primera fase de vacunación contra la covid-19, me permití hablar con un compañero de trabajo, pongámosle Augusto, que se negaba rotundamente a someterse a la inoculación. De entrada, le dije que yo partía del hecho de que él tenía el derecho de hacer o no hacer lo que le pareciera mejor…

    — Pero, dime Augusto, ¿por qué no quieres vacunarte?

    — Es que, la verdad, doctor, yo no creo en las vacunas –me contestó.

    Como ocurre con cualquier fe, hubiera sido ridículo y sobre todo inútil brindarle razones para intentar convencerlo de que modificara su (no) creencia, así que intenté solamente incidir en su conducta:

    — Pues no importa, Augusto, porque no es necesario que creas en las vacunas para que vayas a vacunarte. Nadie te pide un acto de fe.

    Claro, el argumento fue tan irrebatible como infructuoso. ¿Por qué? Porque mi compañero no sólo no creía en el poder inmunológico de las vacunas, sino que en cambio creía en otra cosa:

    — No, pero es que cómo sé que no me van a inyectar otra cosa.

    — ¿Crees que las vacunas traen otra cosa, algo perjudicial?

    — Sí, la verdad eso creo, doctor.

    Ya ni siquiera quise averiguar si creía que le iban a inyectar otro virus o veneno o un microchip… Pasa lo mismo con la incredulidad de la señora Dresser: el problema no está en que la gente crea o no crea en algo, el lío es que, cuando dichas creencias o incredulidades se relacionan con asuntos públicos, inciden directamente en la firmeza del entramado social. En el caso de la vacunación ese entramado social tiene una expresión humana muy concreta: Hoy día 7 de cada 10 fallecidos a causa de la covid-19 son personas que no se vacunaron. En el caso de la sistemática incredulidad de la oposición, lo que se pretende corroer es nada menos que el consenso social. En ambos casos la incredulidad realmente nos afecta a todos, es patógena.

  • Escasez de corazones humanos

    Escasez de corazones humanos

    ¡Ver para creer! Antier, el diario norteamericano Financial Times publicó en la primera plana de su versión impresa: Lowest global population growth since 1950 raises economy fears, lo cual podemos traducir como “Genera temores económicos el crecimiento poblacional mundial más lento desde 1950”. ¿Se dan cuenta del tamaño de la insensatez? Quizá no se aprecie a primera vista, pero reflexiónelo un momento y acordará usted conmigo que la aseveración no sólo es estólida hasta la grosería, sino que además descara la perversidad esencial del sistema económico que impera en el orbe. 

    Primero, ¿qué diablos son los “temores económicos”? En principio, yo que ya leí la nota puedo decirle que podemos descartar la interpretación del adjetivo económicos en su acepción de asequibles o de poco precio. No se trata de miedos o recelos baratos. En este caso, económicos califica a los aludidos temores como relativos a la economía, esto es, referidos a la enorme abstracción que engloba la administración, la producción, la distribución y el consumo de la riqueza, por decirlo fácil.

    Entonces, si hay temores en torno a la economía —sé que para muchos neoliberales es una herejía el puro hecho de que yo no escriba el término con una sumisa mayúscula—, ¿quiénes los sienten? Porque vale la pena recordar que la dichosa economía no los podría sentir, la economía, aunque se escriba con mayúscula, no siente ni eso ni alegría ni enojo ni nada, sencillamente porque la economía no es una persona, sino una abstracción. Más vale subrayar esta obviedad porque vivimos en un mundo en el cual, avalados por el sentido común hegemónico, solemos leer y escuchar disparates disfrazados de juicios razonables; por ejemplo: “La Economía requiere que las ventas de automóviles recuperen su crecimiento”.  ¿Se da usted cuenta? El aserto anterior tiene el mismo valor semántico que decir “Huitzilopochtli necesita que sean ofrecidos en sacrificio más corazones humanos”.

    Podrá ser que un weyi tlahtoani de la Triple Alianza, ponga usted el fiero Axayácatl, en un momento dado haya considerado conveniente organizar un espléndido festín en la gran Tenochtitlán para propagar miedo y respeto entre los pueblos conquistados por los mexicas, pues entonces, “Huitzilopochtli necesita que sean ofrecidos en sacrificio más corazones humanos”. Igual, si determinadas empresas y propietarios de grandes capitales desean, como siempre desean, incrementar sus ganancias, pues entonces, “La economía requiere que las ventas de automóviles recuperen su crecimiento”.

    Ahora bien, el crecimiento demográfico o poblacional se refiere a la gente, a los hombres y mujeres de carne y hueso como usted y como yo y como el más o la más adorable de sus prójimos, ¿cierto? ¿Se afirma entonces que vamos a ser menos seres humanos pululando por la Tierra? No, lo que se informa es que el crecimiento demográfico es más lento hoy que a mediados del siglo XX. Y si el crecimiento poblacional pierde velocidad, ello no se traduce en que cada vez seamos menos gente, sino que cada vez seguiremos siendo más y más, aunque no se incrementará la población tan rápido como lo venía haciendo desde 1950. En efecto, cheque usted, en 1974 la población mundial alcanzó la cifra de 4 millardos —mil millones— y se estima que en noviembre próximo, el día 15 según la ONU, seremos 8 millardos; es decir, nos duplicamos en apenas 48 años. Si mantuviéramos el mismo ritmo de crecimiento demográfico, en el año 2070 seríamos 16 millardos de personas, y no: según las estimaciones de la ONU, existe una probabilidad del 95% de que el tamaño de la población mundial se sitúe entre 9.4 y 10 millardos en 2050 y entre 8.9 y 12.4 millardos en 2100. O dicho en corto: durante las próximas décadas —si esquivamos la hecatombe atómica, una pandemia apocalíptica, el achicharramiento del planeta o cualquier otra calamidad— la humanidad continuará plagando el mundo, a lo bestia.

    ¿Entonces? ¿Los mentados temores económicos, sea quien sea quienes los estén experimentando, se deben a que la cantidad de gente que infestará el orbe volverá imposible suministrar a todos y todas de los satisfactores necesarios para vivir? Tampoco. La capacidad de producción de los humanos rebasa con mucho lo que necesitamos. ¿Quiere usted datos? El primero es una verdad de Perogrullo: tan le sobra recursos a la especie, que sigue aumentando la cantidad de especímenes, nosotros. Y dos datos más. Uno, la obesidad en todo el mundo casi se ha triplicado de 1975 para acá —hoy 2 millardos de adultos padecen sobrepeso—. Y dos, los recursos energéticos también nos sobran, y si no me cree, recuerde que la humanidad tiene energía para despachar turistas megamillonarios al espacio exterior y naves a explorar Marte. El lío no es que no haya, el lío es cómo está distribuido todo.

    Los temores económicos de los que da cuenta el Financial Times se refieren a la falta de consumidores, y particularmente de consumidores con capacidad de compra. Huitzilopochtli teme por la escasez de corazones humanos.

  • La 4T también es cultura

    La 4T también es cultura

    ¿Cómo no sentir dicha, tranquilidad, satisfacción, esperanza? Hoy 10 millones 500 mil mujeres y hombres de 65 años y más reciben una pensión directa del gobierno federal. ¿Y a poco no causa alegría la apertura de la primera fase de la Refinería Olmeca en Dos Bocas, Tabasco? ¿Cómo no sentir orgullo por la construcción, en apenas dos años, del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles? ¡Caray, y sin endeudarnos! ¿Y qué tal el negociazo que significó la compra de la refinería en Deer Park? ¡Y qué me dicen del caudal de recursos que, como nunca, está llegando como inversión extranjera directa! ¡Qué maravilla que por fin los grandes contribuyentes estén pagando impuestos! ¡Loable la contención del precio de las gasolinas! ¡Y el empleo formal en cifras récord! 

    ¡Demencial no valorar los programas sociales que han apuntalado nuestro mercado interno durante la peor crisis económica que el orbe ha sufrido desde la II Guerra Mundial! Y todo ello y más en apego a un puñado de principios por los cuales la mayoría votamos —v.g.: por el bien de todos, primero los pobres—. En uno de los episodios más inciertos de la historia contemporánea, en México el bienestar social, esa robusta abstracción, hoy se siente. Arrasadora contundencia. Con todo, mi amigo Leon Faure tiene razón: hay un canto de la 4T que no vemos. O mejor, que vemos, disfrutamos, pero aplaudimos poco.

    Indiscutiblemente no es prioritario, digo, no son asuntos de vida o muerte, porque con o sin dinero público la producción artística y la difusión cultural son una especie de latido de los pueblos vivos, nada los detiene… Pero, ojo, la 4T no los ha descuidado, al contrario.

    Por ejemplo, ¿qué sabe usted de La monja alférez? Es una pieza que quizá escribió Juan Ruiz de Alarcón, y que la Compañía Nacional de Teatro estrenó en el Festival Iberoamericano del Siglo de Oro, en Alcalá de Henares, España, hace unos días. Y apenas unos días después de la toma de posesión de AMLO, recordemos, horas antes de que pudiera verse en Netflix, unas 3,500 personas asistieron al estreno de Roma, la cinta de Cuarón, nada menos que en Los Pinos, desde entonces un pujante centro cultural público. Ahí se han presentado expo ventas de artesanías y comida vernácula, y muestras de ropa y textiles indígenas. Simbólico a rabiar: hoy usted puede visitar la muestra Travesuras de Helguera: Un Crítico de Los Pinos en Los Pinos.

    No pasa una semana sin que el presidente recomiende un libro. Así que es consecuente que su gobierno haya echado a andar una Estrategia Nacional de Lectura ambiciosa; su objetivo es nada menos que “construir una gran república de lectores”. La política editorial que se han emprendido es fabulosa. El FCE ha puesto en circulación la serie Vientos del Pueblo, cientos de miles de ejemplares de más de medio centenar de títulos, desde clásicos hasta plumas jóvenes, en ediciones atractivas y a un bajísimo costo. Está además la serie, también del FCE, 21 para el 21: 21 libros imprescindibles de autores nacionales, con sendos tirajes de 100 mil ejemplares que se reparten gratuitamente entre círculos de lectura, escuelas, bibliotecas y lectores.

    El año pasado se publicaron dos libros conmemorativos: Historia del pueblo mexicano y México, grandeza y diversidad. No fue sólo para no dejar pasar la fecha en blanco y cumplir con la ocasión: son obras que proponen un necesario replanteamiento historiográfico del devenir nacional; ambas hacen historia. Pueden descargarse sin costo.

    Y hablando del pasado: ninguna otra administración se había empeñado tanto en lograr la recuperación de piezas arqueológicas que circulan ilegalmente por el mundo. Rescatar y encontrar: por ejemplo, el equipo de arqueología subacuática halló una canoa maya de más de mil años de antigüedad. Por cierto, son impresionantes los trabajos que el INAH realiza aparejados a la construcción del Tren Maya, tanto de exploración y conservación como de infraestructura museística. ¿Vieron la cabeza estucada del dios maya del maíz que encontraron en Palenque?

    Inolvidable la exposición La grandeza de México, en un Museo Nacional de Antropología impecable, con su biblioteca 100% remodelada. Destacable también Arte de los pueblos de México, montada en Bellas Artes: el arte de los pueblos originarios en el lugar que siempre ha merecido. Y aprovechen, aún pueden admirar también en Bellas Artes la expo Sólo lo maravilloso es bello. Surrealismo en diálogo.

    No ha faltado ópera —Ascanio in Alba, Fidelio, Juana sin Cielo y ahora Zorros Chinos, basado en un libreto de Carballido— ni teatro ni danza… Por cierto, el Teatro de la Danza en el Centro Cultural del Bosque fue remodelado y se montó una gran velaría en la plaza Ángel Salas.

    Por supuesto, lo enunciado hasta aquí no pretende ser ni de cerca un listado exhaustivo de lo que se ha hecho en el ámbito de la cultura y las artes durante los primeros tres años y medio de la gestión de Andrés Manuel. Apenas es lo que alcanzo a ver y agradezco desde mi trinchera de ciudadano.

  • Insensatez perversa

    Insensatez perversa

    Apenas la semana pasada, aquí mismo traje a cuento que el sapientísimo Noam Chomsky, atinadísimamente sostiene que, además de calamidades como las guerras y la amenaza real de una hecatombe atómica, la crisis climática y la desigualdad económica, la tranquilidad de la humanidad también está siendo socavada por la insensatez y el cinismo: corroída toda posibilidad de discurso y diálogo serios, campea la inquietud, la zozobra. Los dislates cunden por todo el mundo. Al parecer cualquiera puede salir impunemente al ágora a espetar estupideces a mansalva. El problema es que la realidad es una construcción social, de tal suerte que en la medida en la que los disparates se propagan entre el imaginario colectivo, aquella se fisura, se agrieta.

    Como si estuvieran disputando una competencia para ver quién ocupa el puesto del atolondrado ejemplar, el modelo a seguir entre los creadores de desatinos, en franca rivalidad para ver quién es el chambón que suelta la declaración más mema, en días recientes dos descollantes prianistas levantaron la voz. Primero un señor que quiere hacer valer sus apellidos para alcanzar la grande, el vástago del expresidente Miguel de la Madrid, el priísta Enrique de la Madrid Cordero, declaró que, en 2024, tan pronto gane la Presidencia de la República, cerrará el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles. ¡Caramba! Enseguida salió el otro, ahora un panista —aunque, como se recordará, en 2012 fue candidato a la Presidencia por el extinto partido de la señora Gordillo, Nueva Alianza—, el señor Gabriel Quadri. El hoy diputado por Coyoacán, con mucha más experiencia en las técnicas de farfullar tonterías —imposible olvidar su llamado a tomar “acciones inmediatas” para castigar a las “ardillas [que] siguen robando impunemente el alimento (alpiste) de los pájaros en Coyoacán”— espetó que él, si gana la Presidencia de México en 2024, cancelará el Tren Maya para luego convertirlo en una ciclovía.

    Quizá, entre la mayoría, lances verbales como los anteriores susciten risas, y no faltará quien opine que esa sea la reacción más sana. Hay gente que incluso no puede contener la carcajada tan pronto suelta un despropósito —como hace poco, cuando a la señora Xóchitl Gálvez le ganó la risa después de escucharse a sí misma afirmar que va a ser jefa de gobierno de la CDMX—. Otras piensan que lo mejor es ni siquiera hacer caso: no dar importancia a las boberías. Sin embargo, creo que hay estupideces que no podemos tomar a broma y más bien deberíamos tomar muy en serio.

    El martes 28, el señor que se hace llamar Alito y tiene secuestrada la dirigencia nacional de lo que queda del PRI, justo unas horas de que, desde Campeche, Campeche, la gobernadora Layda Sansores diera a conocer otro audio en el que se evidencia los indefendibles usos y costumbres del dirigente, tomó la palestra, se hizo rodear de un grupito de incondicionales y entre sus típicos aspavientos amenazó: “Vamos a proponer modificar la Ley de Armas de Fuego, para que con mayor facilidad las familias mexicanas puedan acceder al acceso de armas de mayor calibre a efecto de que puedan proteger su casa, su negocio, sus vidas. La gente está indefensa. Llegan a las casas, llegan a los negocios y asesinan a mujeres, a hombres, a mexicanos que no pueden defenderse porque no hay un debido control y registro para que puedan tener esa disposición. Se trata de que a falta del Estado y de que no hay Estado que cuide a los mexicanos, los delincuentes sepan que la gente se va a poder defender”.

    Si Alejandro Moreno soltó su desquiciada propuesta sólo con la intención de desviar la atención, le salió bien el tiro. Excélsior y ContraRéplica difundieron la necedad en su primera plana, Publimetro también y como noticia principal, e incluso La Jornada colocó la noticia alusiva en su contraportada. Destaca la pertinencia editorial del Diario Basta!, que también en su primera plana publicó: “’Alito’ pierde la cabeza y pide que la gente se arme”.

    Al día siguiente, el presidente López Obrador fue cuestionado en la mañanera sobre el asunto.

    — ¿Qué opinión tiene?

    Y no, no cayó en la añagaza:

    — Ninguna, ninguna opinión. Ahí se lo dejo de tarea a la gente.

    Opino que nosotros, la gente, tenemos la tarea de, en este caso, no quedarnos en lo absurdo y ridículo de la insensatez proferida por el príista. Es muy grave. Juzgo imposible que el señor no sepa del infierno que están viviendo en Estados Unidos a causa de la proliferación de armas entre la población civil; abunda evidencia de que más armas no son fundamento de más seguridad, sino causa directa de más muertes. Así que no caigamos en la trampa, esa no es la discusión; eso es indiscutible. En cambio, hay que insistir una y otra vez: tanta irresponsabilidad tiene que tener consecuencias, consecuencias electorales. Y ojo, vienen dos procesos importantes, Estado de México y Coahuila. ¿Quién en su sano juicio votaría por un partido que propone llevar al país a la atrocidad que están viviendo del otro lado del Río Bravo?

  • Tranquilos, que estamos cambiando

    Tranquilos, que estamos cambiando

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    Lo que voy a contarles ocurrió hace unos días, al término de una reunión de trabajo. El asunto que abordamos: La evaluación de lo efectuado en la Ciudad de México en el contexto de un operativo nacional, para mayores pistas, el operativo más grande que se lleva a cabo periódicamente en este país. Participamos unas veinte personas, gente convencida de la importancia de nuestra chamba, todos con mucha experiencia. Después de las conclusiones, echamos la vista al porvenir, particularmente a los retos que se nos vienen encima en el segundo semestre y al siguiente gran operativo, a realizarse en el 2025. Fue entonces que mi amigo XY dijo que en realidad no podemos saber qué va a suceder, que el futuro es incierto, que hay que estar preparados ante cualquier escenario…

    — Ojalá dispongamos de recursos y las circunstancias nos permitan trabajar…

    Aquí intervine, primero para manifestar mi acuerdo: lo único seguro es que quién sabe, el mañana es cada vez más equívoco y la aceleración del cambio ha vuelto prácticamente todo eventual. Por ahora, por lo pronto… Comenté que quizá uno de los saldos positivos de la pandemia sea que cada vez hay más gente consciente de que el porvenir es incierto, que no hay nada escrito y que de hecho estamos escribiéndolo. La historia no sólo no se ha acabado, sino que transita por momentos coyunturales, decisivos. Muchas de las que considerábamos tendencias indefectibles están quebrándose a golpes de timón. Caminos que parecían francos, de pronto, a la vuelta de una esquina, resultan ser callejones sin salida. Las sorpresas aparecen en el menú de todos los días.

    — En suma, es cierto, no podemos saber qué va a pasar. Pero, estarán de acuerdo en que, como no había sucedido en un montón de tiempo, al menos en México podemos permitirnos el optimismo.

    — Bueno, no hay que olvidar que en 2024 hay elecciones…

    — ¿No vieron los resultados de las de junio pasado?

    — Pero no todo es miel sobre hojuelas… A ver, aquí mismo, entre nosotros, rápido, una encuesta a mano alzada: ¿quiénes consideran que el país está tranquilo?

    Antes de que nadie levantara la mano, interrumpí: — La pregunta así está mal planteada. Optimismo y tranquilidad no son antónimos. Es más, la respuesta es evidente: ¡habría que ser un inconsciente redomado para estar tranquilo!

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    No se requiere ser un experto en relaciones internacionales y geopolítica para saber que estamos, y me refiero al mundo entero, en una situación endiabladamente peligrosa. En una entrevista publicada hace poco (La Jornada), Noam Chomsky explica la trascendencia de la invasión de Ucrania por parte de Rusia. De entrada, la califica, como “un crimen comparable a la invasión estadunidense de Irak o a la invasión de Polonia por Hitler y Stalin”. Más allá, el académico señala que el trance puede traer “consecuencias colosales”; en concreto enuncia tres:

    1. Hambre: “… decenas de millones de personas en Asia, África y Medio Oriente enfrentan la hambruna conforme el conflicto avanza y corta suministros agrícolas muy necesarios, procedentes de la región del Mar Negro…” Y la FAO ha alertado que el impacto se propagará.
    2. Hecatombe atómica. “Es muy fácil construir escenarios plausibles que conducen a una rápida intensificación del conflicto. Por nombrar uno, ahora mismo Estados Unidos envía avanzados misiles antinaves a Ucrania. Ya han hundido el buque insignia de la armada rusa. Supongamos que haya más ataques. ¿Cómo reaccionará Rusia? Por mencionar otro escenario, hasta ahora Rusia se ha abstenido de atacar las líneas de suministro usadas para enviar armamento pesado a Ucrania. Supongamos que lo hace y entra en confrontación directa con la OTAN…” Chomsky advierte que, por si le faltara leña al fuego, en su país circula la propuesta de “instalar una zona de exclusión aérea, lo que significa atacar instalaciones antiaéreas dentro de Rusia.” ¿Cómo respondería Putin?
    3. Crisis climática. “La invasión de Ucrania ha revertido los esfuerzos muy limitados de enfrentar el calentamiento global, que muy pronto se convertirá en achicharramiento global”.

    Y además de las pavorosas desgracias que puede desatar la que de por sí ya es una, la guerra, Chomsky atinadísimamente dice que la tranquilidad del mundo también está siendo socavada por la insensatez y el cinismo: corroída toda posibilidad de discurso y diálogo serios, campea la inquietud, la zozobra. Esto, en nuestro país, es más que evidente; si no, nada más recuerde cualquier diatriba de un diputado o diputada prianista.

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    Y si a nivel internacional las cosas están color de hormiga, qué podemos decir de lo que ocurre aquí. Bueno, desde julio de 2018 —porque López Obrador comenzó a ejercer el poder al día siguiente de las elecciones— estamos viviendo tiempos de cambios impulsados desde el poder público. Nadie engañó a nadie: desde la campaña (de 2006) AMLO lo advirtió con todas sus letras, como hace poco recordó en una mañanera: “Yo siempre he dicho que nuestro movimiento, la transformación, iba a ser pacífica, sin violencia, pero radical, porque íbamos a arrancar de raíz —la palabra ‘radical’ viene de ‘raíz’— el régimen de corrupción, de injusticias y de privilegios y es lo que estamos haciendo”.

    Así que tranquilos, que estamos cambiando.

  • El Titanic y la señora Dresser

    El Titanic y la señora Dresser

    No es noticia que, desde hace ya mucho tiempo, la capacidad de análisis objetivo de la doctora Denise Dresser naufragó en las aguas casi a punto de ebullir del inmenso océano que la oposición —es sólo un decir— se ha inventado en la bien cebada ciénega de sus prejuicios, fobias bobas, porfiados odios e intereses inconfesables.

    La profesora (del ITAM) Denise Dresser, un día sí y a la media hora va de nuevo, no duda en oprobiar su sólida y bilingüe formación académica en el Colegio de México y la Universidad de Princeton. Una pena. Carente de argumentos y razones para vituperar sin medida ni clemencia a quien, para ella y para otras tantas ofuscadas personas, es el factótum de absolutamente todos los males pretéritos, presentes y por venir de México, el presidente López Obrador —but of course!—, tiene años que ha optado por prescindir del juicio racional de las cosas, para mejor tirarse incólume a la chacota, el improperio y el pastelazo.

    La también columnista (del Reforma) usa cuanto foro, micrófono, página o pantalla puede para denostar al gobierno de la 4T, pero sobre todo a quienes lo apoyan. La argucia más socorrida es simple: los pobres mortales que están de acuerdo y respaldan a AMLO son ignorantes, o mensos, o fanáticos, o vendidos, o todas las combinaciones posibles, ignorantes y fanáticos, mensos y vendidos, fanáticos e ignorantes, en fin… No importa que todos esos hombres y todas esas mujeres conformen la enorme mayoría… O sí importa, justo porque son eso: la mayoría y no la gente distinguida; son la masa, la raza, la bola…, la mayoría ingenua y sonsa, desinformada, maleducada y susceptible de ser engañada por populistas como el malvado aludido y causante de todas las calamidades nacionales. Nada cool.

    Hace un par de días, la también panelista (de Televisa) lanzó a la tuitósfera un mensaje que ejemplifica impecablemente lo dicho hasta aquí. No espere usted una reflexión demasiada elaborada y aburrida. No. La doctora tuiteó un meme. Ella nada más presentó el dichoso meme con una solitaria palabrita de tres letras: “Así”, el adverbio de modo que también el señorito Claudio Equis suele teclear para, en forma ladina, tirar la piedra e ipso facto esconder la mano.

    El meme muestra una escena clavada en lo más recóndito del imaginario occidental desde hace varias décadas, y más incluso desde que se estrenó la película de James Cameron que narra el evento (1997): el hundimiento del Titanic. En medio del frío, la noche y el mar, la proa del buque ya está rendida bajo el agua, la popa ridículamente en el aire, con las hélices de fuera; la embarcación en picada a unos 45 grados respecto a la superficie helada del mar. La estampa anuncia la inminencia de la catástrofe que todos sabemos que está a unos instantes de suceder: a las 2:18 am el barco se partirá por la mitad. El pavor, muerte, la tragedia… El texto, dos líneas. Arriba, en el cielo: “MÉXICO ES COMO EL TITANIC”. Abajo, en la espantosa masa de agua, “PERO CON LOS PASAJEROS APLAUDIENDO”.

    Pues sí, para la señora Dresser la mayoría de los ciudadanos y de las ciudadanas de este país somos unos idiotas, y ella una lumbrera.… ¡Extrañas formas que tiene la politóloga de granjearse simpatías!

    Y ya metidos en esto, me voy a permitir usufructuar la alegoría del malogrado Titanic. La estratificación por clases de los pasajeros en efecto recuerda la terrible polarización socioeconómica y el clasismo que hay en México, hoy y desde siempre.

    En cuanto a la travesía y el infortunio, me parece que sí, ciertamente, así navegaba nuestro país hasta hace muy poco: mientras que los más acaudalados vivían en desenfrenada bacanal, el capitán del barco dormía, la tripulación nada más andaba pajareando, y todos nos dirigíamos directamente a un descomunal iceberg, al fatal siniestro.

    Hace apenas unos días, en una mañanera, el presidente dijo que en 2018 afortunadamente cambiamos de rumbo a tiempo. Concuerdo: las elecciones de julio de aquel año no fueron otra cosa que un golpe de timón. Se evitó la catástrofe, una hecatombe del todo previsible, y eso incluso sin considerar la pandemia, ese inconmensurable iceberg que surgió de la nada en 2019.

    El conjunto de políticas públicas echadas a andar por el gobierno electo democráticamente hace casi cuatro años, cuyo eje incuestionable es el axioma “por el bien de todos, primero los pobres”, evitó el colapso del país. Así que sí, yo aplaudo, aplaudo al movimiento de regeneración nacional, aplaudo porque la nave va.

  • Mentirosos inverosímiles

    Mentirosos inverosímiles

    … es tan buen político que hasta se miente a sí mismo.
    Max Aub, Censura.

    Muy sonriente y sonrosado, el señor diputado Santiago Creel tuiteó el martes —supongo que el lunes no había amanecido tan jovial—:

    “¿Te preguntas quién ganó las elecciones de este domingo 5 de junio?”

    ¿Preguntaba acaso el revivido panista si su hipotético lector se pregunta a su vez quién ganó el domingo? No, lo afirma —se le fueron los signos de interrogación—: sostiene que quien sea su lector debe de ser lo suficientemente ignorante o menso como para no saber o entender quién ganó en las elecciones del 5 de junio pasado. Sé que eso afirma porque, en el video que anexa, quien despachó como secretario de Gobernación de Fox —un puesto oxímoron— comienza su perorata diciendo a cuadro: “Seguramente te estás preguntando ¿quién ganó las elecciones de este domingo?”

    ¡Sí, hombre!, le respondí, el asunto es extremadamente complejo, almost rocket science…, porque, vea usted, nomás tenemos los siguientes datos:

    · Morena ganó 4 estados

    · El muégano prianista ganó 2 estados

    Esto es, 4-2. Ahora, si mal no recuerdo, 4 es más que 2 —de hecho, el doble—. Entonces, ¿quién habrá ganado?

    Más todavía, si consideramos los antecedentes, tenemos:

    · El aludido muégano tenía 6, ahora tiene 2

    · Morena de esos 6 tenía 0, ahora tiene 4

    ¿Quién habrá ganado?

    Bailando la misma guaracha lastimera, el perspicaz panelista de Televisa que poco antes de las elecciones de julio de 2018 había advertido en cadena nacional que si ganaba AMLO en menos de dos años el dólar iba a dispararse a 30 pesos, el señor Leo Zuckermann, tuiteó también el martes:

    “Los números son contundentes. Las alianzas sí suman y generan más participación. La posibilidad de la oposición de ganar en 2024 depende de la cantidad de partidos que se alíen para enfrentar a la impresionante maquinaria electoral que está armando Morena”.

    ¿Cómo no estar de acuerdo con el académico del CIDE? Los números son contundentes: 4-2. Y el acumulado a nivel nacional: 22-10.

    La patética pamema “ganamos perdiendo” es sólo el más reciente pasito bobo del nado sincronizado con el que la oposición ha ido minando vertiginosamente su propia credibilidad.

    El domingo en la noche tuve una epifanía. Los amigos de la 4TV me invitaron a comentar los avatares de la jornada electoral y sus primeros resultados. Tuve la suerte de que me tocara conversar al respecto con Filipo Ocadiz, quien en un momento dado señaló que “en donde realmente está sucediendo la cuarta transformación es donde no la vemos desde las grandes ciudades”: “Tendemos mucho a pensar como si todo fuera la Ciudad de México…” O como si México fuera Twitter, intervine… Aunque Twitter, por quién sabe qué malas mañas de los algoritmos y los bots, es muy azul, fue ilustrativo observar los trending topics del viernes previo a las elecciones. Con todo y el nado sincronizado que montaron apenas unos días antes de los comicios del domingo, me refiero la campañita “la 4T es un narcogobierno”, “Morena es el brazo político del crimen organizado”, “AMLO pactó con el narco” y demás infundios…, con todo y todas voces que se sumaron como loros a la cantaleta, con todo y que incluso Muñoz Ledo —el señor que le puso la banda presidencial a AMLO— tuvo el desparpajo de espetar la bajeza, estando a un lado del autonombrado Alito, de que el presidente de la República gobierna en “contubernio” con el narco, resulta que incluso en Twitter el primer lugar de los TT en México se lo llevaba el crucial asunto de que una cantante colombiana y un futbolista español que viven Barcelona tuvieron líos sentimentales y al parecer se van a separar. En otras palabras, el muégano opositor alza la voz para acusar al gobierno en funciones de estar al servicio del narcotráfico, e incluso entre sus simpatizantes la gente responde: Sí, sí, pues…, pero no interrumpa que está mejor el chisme de Shakira y Pique…

    ¿Por qué? Porque perdieron la verosimilitud. Deje usted a un lado la veracidad, que esa probablemente nunca la han podido presumir. La verosimilitud, la cualidad de verosímil, se refiere a la apariencia de verdadero, de creíble por no ofrecer carácter de falsedad. En un proceso de comunicación, la verosimilitud es el polo complementario de la credibilidad, el que permite cerrar el circuito. Si lo que alguien me dice me resulta sistemáticamente inverosímil, inevitablemente recibiré su mensaje con incredulidad. El PRIAN está ya copado por sus propios embustes. El lago que no era lago y en donde hoy se construye un parque ecológico lacustre, el cerro que nunca existió en Santa Lucía, la devaluación a 30 pesos, la inversión extranjera que no sólo nunca dejó de llegar sino que sigue en aumento, la gallina de los huevos de oro que no estaba muerta y hoy cacarea fuerte, el Apocalipsis anunciado cada tercer día, la conjura rusa, en fin, la estrategia de mentir incansablemente los tiene en donde se merecen, en el peor rol para alguien que quiere convencer: el del mentiroso inverosímil.

  • Nuestra riqueza somos nosotros

    Nuestra riqueza somos nosotros

    Si usted aún no ha cumplido 50 años, si usted nació entre el Bravo y el Usumacinta, entre California y el Caribe, entre el Atlántico y el Pacífico, es decir, si usted es una lectora o un lector oriundo de México, aquí ha radicado y tiene menos de diez lustros de edad, entonces seguramente es usted alguien a quien prácticamente durante toda su vida le han dicho que la gente es un problema.

    ¿Qué gente? Toda, toda la gente… Usted ha vivido en un mundo en el que el sentido común hegemónico dicta que entre menos burros más olotes, que “la familia pequeña vive mejor”, que ya somos demasiados, que si hay más población habrá menos recursos y más pobreza, que “ya no cabemos”, en fin…  Ahora, si usted es aún más joven y anda por debajo de los cuarenta años, además de tener la certeza de que la gente es una carga para el país, es muy probable que a usted lo hayan convencido de que el principal recurso de una persona, de una familia o de un país es el dinero. Así que para la mayoría de los connacionales —considere que la edad mediana en México es de 29 años— lo mejor que podría pasarnos es que fuéramos menos y tuviéramos más dinero.

    No siempre se ha entendido así el asunto. En 1921, Obregón realizó el IV Censo de Población. Al término de la Revolución, el país comenzaba a recuperarse. La reconstrucción debía atender todos los flancos de la economía, de entrada, el de la fuerza de trabajo. La bola había costado un millón de vidas: el censo de 1910 contó a 15 millones de habitantes y el de 1921 a 14 millones. Frente a esta realidad, los gobiernos postrevolucionarios continuaron impulsando, como se había hecho durante el porfiriato, una política pronatalista: había que “hacer patria”, tal era el precepto impulsado tanto por la iglesia católica como por el Estado. Cuarenta años después, se levantaría el último censo optimista. El 8 de junio de 1960 se realizó el VIII Censo de Población.

    A la mañana siguiente, El Universal publicaba a ocho columnas: “Creciente Potencialidad de México va Revelando el Censo”. La “potencialidad” aludida era el montonal de gente. La población no era un problema, todavía era una promesa. El fantasma de la explosión demográfica —una expresión aún ausente— no espantaba a nadie. En 1960 la consigna seguía siendo, como lo fue en la época prehispánica, a lo largo de la Colonia y, a lo largo de la etapa independiente hasta entonces, ¡entre más seamos, mejor! Poblar era hacer patria. El censo reportó que en 1960 el país contaba con 35 millones de habitantes, más del doble de lo que tenía en 1921. 

    El acelerado aumento poblacional se evidenció cada vez más: de los 20 millones de personas que en 1940 vivían en México, pasamos a más de 50 millones en 1970. ¿Resultado de la política poblacionista? Seguramente no; Benítez Zenteno sostiene que “el aumento de las tasas de crecimiento de población hasta 1974 se debió en su totalidad a la disminución de las tasas de mortalidad”. Cierto: la esperanza de vida se incrementó espectacularmente, de 41 años en 1940 a 62 en 1970. Claro, el auge demográfico fue incorporado al discurso oficial como un portento más del llamado “milagro mexicano”.

    Pasaríamos luego del optimismo exultante a un pesimismo que no pocas veces ha rayado en lo apocalíptico. El giro fue draconiano: en diciembre de 1973, el mismo año que se estrenó la película Cuando el destino nos alcance (Soylent Green), se promulgó la nueva Ley de Población, y pasamos de una política poblacionista a una de decidido control de la natalidad. ¿Qué pasó? El movimiento de 1968 había sido la manifestación de las contradicciones generadas por un desarrollo económico —cuyo modelo además se hallaba en un callejón sin salida— “simplemente cuantitativo sin verdadero progreso político o social” —Carlos Fuentes dixit—.

    El vertiginoso proceso de urbanización, la terciarización de la economía y sobre todo la desigualdad en la distribución de la riqueza comenzaron a pasar abultadas facturas. La ideología liberal capitalista había permeado ya en las nuevas generaciones: el individualismo, el consumismo y el aspiracionismo empataron bien con el control de la natalidad. El viraje de la política poblacional mexicana, ocurrido durante el gobierno de Echeverría, atendía además las presiones de Estados Unidos y los organismos internacionales: por un lado, se urgió a los países pobres a incorporar el control de la natalidad como un derecho humano, y por el otro se condicionaron los préstamos a la instrumentación de tales políticas. Tristemente célebre es la declaración de Robert MacNamara, presidente del BID, de que más valía invertir cinco dólares en anticonceptivos que uno en desarrollo.

    Los gobiernos neoliberales mantuvieron la política de control del crecimiento demográfico, sin impulsar mayores acciones, e incluso descuidando la salud reproductiva.

    Hoy la Ley de Población del 74 sigue vigente, aunque buena parte de ella está abrogada. Sin embargo, discursivamente AMLO ha dado un golpe de timón: la población dejó de entenderse como un problema para asumirse como lo que siempre ha sido, nuestro principal recurso. Nuestra riqueza somos nosotros.